Mi secreto con mi mejor amiga detrás de un coche
Siete años de amistad fingiendo no sentir nada. Aquella madrugada, entre dos coches en un callejón, dejamos de fingir los dos.
Siete años de amistad fingiendo no sentir nada. Aquella madrugada, entre dos coches en un callejón, dejamos de fingir los dos.
Llegué sola al club a las tres y media. Cuando lo vi entre el humo y los kicks, supe que esa madrugada terminaría siendo el secreto que aún no le he contado a nadie.
Eran los amigos de mi hijo. Tenían veinte años y me miraban como si yo fuera lo único que querían en el mundo. Debí subir sola a mi cuarto. No lo hice.
Cuando vi a mi abuela besándose con ese hombre en el espejo del pasillo, debería haber vuelto a mi habitación. En cambio, me quedé mirando.
Ella temblaba sobre la alfombra cuando entendí que la noche apenas empezaba. Afuera llovía con fuerza y yo tenía los dedos todavía brillantes de lubricante.
El yate estaba anclado, el sol caía sobre la cala y nadie en cubierta hablaba ya de cifras. Todos sabíamos para qué habíamos subido a bordo.
Habían pasado tres días desde la primera vez. Tres días de imaginarlo, de sentir ardor cada vez que cerraba los ojos. Esa tarde el club estaría vacío.
Cuando nos arrodillamos las dos sobre la alfombra, ya no era por la apuesta. Fue la primera vez que supe lo que quería hacer con mi cuerpo.
Cuando subí al barco en Luxor pensé que iba a descansar. Tres noches después estaba desnuda en una terraza sobre el Nilo, sin saber qué cuerpo me tocaba.
Un año después de la ruptura me arrastré hasta el gimnasio. En la séptima sesión, mi entrenadora cerró la puerta del vestuario y me ofreció algo que no estaba en ningún paquete.
Cuando lo vi entrar con los otros dos, supe que esa noche no me iba a contener. Mis zapatos rojos y su mirada bastaron para que todo cambiara en minutos.
No había podido dormir con el calor, y cuando bajé por un vaso de agua lo encontré sentado a la mesa, con el torso desnudo y una sonrisa que nunca le había visto así.
Don Ramón me reconoció desde el autobús y les contó a sus amigos lo que le había hecho a mi hermana. No calculé que esa tarde yo sería la siguiente.
Llevaba semanas pasando frente a su taller sintiendo sus miradas clavadas en mí. Esa noche, cuando pasé sola a las once, uno de ellos salió del autobús y me llamó.
Entré en aquel bar del malecón buscando mariscos y terminé pactando quince días con una desconocida. Tres años después, todavía no se lo he contado a nadie.
Estaba agachado en la oscuridad del callejón cuando la vi. Sandra, la mamá de Rodrigo, detrás de esa ventana que nunca debí mirar.
Cuando Valeria se calzó las sandalias doradas y me miró de esa manera, supe que ese día no iba a irme solo con un reloj.
Mientras Natalia la hacía gemir, Lorena contó todo: el video de su marido, la venganza en el vestuario y la primera vez que probó el sexo lésbico.
Hacía doce años que nadie la miraba así. Rodrigo tenía veinte, llegó con una escalera y una sonrisa, y ella solo quería que le arreglaran el techo.
Llevaba dos años sola con mi hijo cuando el banco me mandó la carta. El director tenía una propuesta. Yo acepté. Lo que no esperaba era lo que descubriría sobre mí misma.