El amo que mi novia jamás dejó de desear
Llevábamos una semana sin hablarnos cuando me escribió: «Damián viene esta tarde». No supe qué hacer salvo quedarme pegado a la ventana mientras lo veía cruzar la calle.
Llevábamos una semana sin hablarnos cuando me escribió: «Damián viene esta tarde». No supe qué hacer salvo quedarme pegado a la ventana mientras lo veía cruzar la calle.
Cerramos la puerta, encendimos la consola y mi hermano se recostó sobre mis piernas con esa sonrisa nerviosa que solo le sale cuando guarda algo que se muere por contar.
A los veintidós todavía me daba vergüenza mirar a los chicos a los ojos. Esa madrugada en Sevilla, encerrada en un baño con un desconocido, descubrí que de vergüenza ya no me quedaba nada.
Carla salió de los muslos de Lucía con los labios brillantes, me miró desde la arena y supe que mi tarde tranquila había terminado para siempre.
Llevaba veinte minutos con el periódico cuando la vi cruzar la puerta. Botas altas, vestido camuflaje, una sonrisa que no era casual. Tenía el tiempo justo de una llamada para abordarla.
Llamó al timbre con el uniforme polvoriento y la gorra retorcida entre las manos. Lo que venía a pedirle de parte de su padre era una locura que jamás imaginó.
Llevaba semanas viéndolo desviar la mirada cuando yo bajaba con vestido. Esa tarde, al cerrar la puerta de mi apartamento, supe que ya no iba a desviarla más.
Me había prometido un rapidito antes de seguir trabajando. Terminamos dos veces, con su sabor todavía en mi boca cuando bajé a la cocina por un café.
Entré a su casa solo para ayudarlo con una aplicación. Jamás imaginé que su galería ocultaba un secreto que iba a sacudirme por completo.
Llevaba tres semanas hablando con él. Cuando abrí la puerta del hotel y lo vi llenando todo el marco, supe que esa noche no se la iba a contar a nadie. Hasta hoy.
Cuando mi marido viajó, los dos viejitos del quinto me invitaron a celebrar un cumpleaños. Lo que pasó sobre la mesa del comedor no debió pasar.
Llevábamos meses fantaseando con él. Cuando aceptó la invitación a cenar, supimos que esa noche no íbamos a hablar solo de la maestría.
Bajé la guardia frente a mi hermana, dejé caer la ropa al suelo y me ofrecí entero. Lo que ninguno de los dos imaginaba era lo que mi mujer hacía en casa, justo en ese momento.
Cuando abrí la puerta esa mañana, supe que iba a ser distinta. Tenía algo planeado que lo dejaría agotado, y mi marido había preparado una silla en el pasillo.
Subí a la habitación y las encontré sentadas en la cama, en lencería cambiada, con esa risa cómplice que tenían desde chicas y que esta vez no era inocente.
Elegí las zapatillas más cerradas, las medias más gruesas y planeé exactamente cómo sería su cara cuando las quitara en el hotel, después de horas de ciudad.
Subí al autobús pensando que solo tomaría una cerveza. Cuando quise bajarme, ya era demasiado tarde para pretender que no quería quedarme.
Llevaba años tratando mentes ajenas sin poder acercarse a nadie. Hasta que la muñeca llegó, y con ella, la obsesión que lo consumiría.
Cuando mis padres se fueron al pueblo, mi tío Andrés se quitó el bañador y me preguntó si me molestaba. No me molestaba. Para nada.
Roberto me humilló durante años frente a todos. Cuando la Asociación me ofreció educarlo, supe exactamente lo que quería hacer con él.