El masaje de aniversario que cambió nuestra vida
Marco entró con el delantal y nada más debajo. Entre el café y las tostadas había un sobre: baños árabes. Un regalo que no sabíamos cómo iba a terminar.
Marco entró con el delantal y nada más debajo. Entre el café y las tostadas había un sobre: baños árabes. Un regalo que no sabíamos cómo iba a terminar.
Llevaban toda la vida siendo las mamás responsables. Esa noche, en una casa con olor a sal y a vino, decidieron dejar de serlo.
Llevaba semanas evitándome desde aquella primera vez. Pero esa mañana, al abrir la puerta del baño sin tocar, entendí que ninguno había olvidado nada.
Cuando los primeros se acercaron al coche y ella no apartó la vista, supe que esa noche íbamos mucho más lejos de lo que habíamos planeado.
Marcos lloraba de rabia en esa cama articulada, convencido de que nunca volvería a sentir a una mujer. Yo cerré la puerta con llave y me quité la ropa.
Llegó con la mochila al hombro y un chupete rojo entre los labios. Acababa de cumplir veintidós y se reía como si supiera todo lo que iba a pasar después.
Llevaban semanas follando sin etiquetas. Pero ese sábado, Valentina le pidió algo que Marcus nunca había imaginado: un trío con doble penetración.
Cuando cerró la puerta con su maleta, nos quedamos solos. El sexo seguía ahí, intenso y familiar, pero algo faltaba. Algo que solo él traía.
Éramos ocho directivos en un velero al sol. La tensión llevaba meses acumulándose en la oficina. Cuando fondeamos en esa cala desierta de Menorca, ya no hubo vuelta atrás.
Bajaba de madrugada al colchón del piso donde dormía él, me cubría con las sábanas y me quedaba ahí hasta que terminaba. Casi nunca nos atrapaban.
Llevábamos tres semanas hablando por teléfono. Cuando por fin le abrí la puerta, supe que esa noche no iba a terminar con un simple beso.
Rodrigo me miraba el culo cada día en la oficina sin atreverse a nada. Hasta que leí lo que su esposa pensaba de mí y decidí que tenía razón.
Cuando abrí la puerta, lo primero que noté fueron sus labios. Lo segundo, cómo me miró antes de entrar. Ya sabía cómo iba a terminar la tarde.
Cuando el masajista dejó caer su bata al suelo, comprendí que el regalo de aniversario de mi marido escondía mucho más que un circuito termal y un masaje a cuatro manos.
Sabía que llegaría tarde y celoso. Me quedé en la cocina con mi encaje negro. Cuando la puerta se abrió, supe que la noche recién empezaba.
Subir siete pisos a pie con tacones no era ningún chiste. Lo que no sabía es que el portero llevaba semanas mirándome como si yo fuera una promesa por cumplir.
Éramos tres en esa cabaña. Yo era la que sabía. Rodrigo era el que aprendería. Y Sofía no podía creer lo que estaba a punto de pasar.
A las tres de la madrugada bajé al baño con su olor todavía en la piel, y al volver a la cama vi una rendija de luz en la puerta de enfrente. Nos miraban.
Pedí el taxi al salir de la última reunión. El conductor me miró por el espejo con esos ojos oscuros y supe que la noche aún no había terminado.
Cuando le confesé mi fantasía a las tres de la mañana, pensé que era solo charla de cama. Dos semanas más tarde, me estacionó frente a un motel sin avisar y todo cambió.