Esa noche invitamos al maestro a casa
La invitación era para cenar. Lo que nadie dijo en voz alta es que los tres queríamos que la noche terminara en algo más.
La invitación era para cenar. Lo que nadie dijo en voz alta es que los tres queríamos que la noche terminara en algo más.
Se quitó la camiseta, luego el sujetador, y me miró fijamente. «Dime cómo quieres que me ponga.» Llevábamos veinte años casados y nunca habíamos llegado a esto.
No era la primera vez que Camila llamaba tarde, pero esa noche algo en su voz era diferente. Supe que no iba a dormir pronto.
Marco entró con el delantal y nada más debajo. Entre el café y las tostadas había un sobre: baños árabes. Un regalo que no sabíamos cómo iba a terminar.
Llevaban toda la vida siendo las mamás responsables. Esa noche, en una casa con olor a sal y a vino, decidieron dejar de serlo.
Las cinco y media. El pasillo a oscuras. Fui a llamarla y lo que escuché al otro lado de esa puerta me dejó sin aire durante quince minutos.
Salimos del café diciendo que íbamos a tomar aire, pero cuando me tomó de la mano y me guió entre los árboles, ya sabía cómo iba a terminar esa noche.
Cuando los primeros se acercaron al coche y ella no apartó la vista, supe que esa noche íbamos mucho más lejos de lo que habíamos planeado.
Me metí desnudo en la piscina de mis suegros a las dos de la madrugada. Diez minutos de silencio y libertad. Luego escuché una puerta abrirse.
Cuando cerró la puerta con su maleta, nos quedamos solos. El sexo seguía ahí, intenso y familiar, pero algo faltaba. Algo que solo él traía.
Bajaba de madrugada al colchón del piso donde dormía él, me cubría con las sábanas y me quedaba ahí hasta que terminaba. Casi nunca nos atrapaban.
Llevábamos meses jugando con la idea. Pero cuando Laura se acercó a aquel hombre en el agua y vi cómo movía la mano bajo la superficie, supe que ya no era una fantasía.
La vi al otro lado del cristal, pegada a un desconocido que la besaba en el cuello. Yo debería haber estado furioso, pero solo noté cómo se me aceleraba el pulso.
Llevábamos tres semanas hablando por teléfono. Cuando por fin le abrí la puerta, supe que esa noche no iba a terminar con un simple beso.
Ella se vestía para mí los viernes: nada debajo del vestido, dedos entre las piernas camino al cine, y el capó del carro como cama en la oscuridad.
Cuando el masajista dejó caer su bata al suelo, comprendí que el regalo de aniversario de mi marido escondía mucho más que un circuito termal y un masaje a cuatro manos.
Sabía que llegaría tarde y celoso. Me quedé en la cocina con mi encaje negro. Cuando la puerta se abrió, supe que la noche recién empezaba.
Llevábamos años fantaseando. Cuando llegó el sobre lacrado con la palabra «Quimera», supe que esa noche iba a romperse algo entre nosotros, para siempre.
Éramos tres en esa cabaña. Yo era la que sabía. Rodrigo era el que aprendería. Y Sofía no podía creer lo que estaba a punto de pasar.
Cuando le confesé mi fantasía a las tres de la mañana, pensé que era solo charla de cama. Dos semanas más tarde, me estacionó frente a un motel sin avisar y todo cambió.