Duermo desnuda junto a él y ni se inmuta
Me arrimé desnuda contra su espalda, apreté mis pechos contra él y esperé. Nada. Ni un suspiro, ni una mano, ni una palabra. Solo el ruido del reloj.
Me arrimé desnuda contra su espalda, apreté mis pechos contra él y esperé. Nada. Ni un suspiro, ni una mano, ni una palabra. Solo el ruido del reloj.
Estábamos sentados frente a frente en el rincón más discreto del restaurante. Nadie podía imaginar lo que yo estaba haciendo con mis pies por debajo de esa mesa.
Su mano subió por mi muslo justo cuando en la pantalla él la empujaba contra la pared. No hizo falta que dijera nada: ya había leído todo en mi respiración.
Ella esperó con la mesa puesta, la lencería nueva y una botella de vino. Al día siguiente los tres desayunaron juntos y Valeria decidió cómo cobrar la deuda.
Lucía me tomó de la nuca con la misma calma de siempre. Esa noche el destino era otro: su amante acababa de estar ahí, y ella no necesitaba decir nada más.
Llevábamos cuatro meses viéndonos por cámara. Esa noche de diciembre, por fin estaba frente a mí en carne y hueso, dentro de una habitación que olía a lo que iba a pasar.
Cuando el masajista se desnudó a mi espalda y los dedos de ella se cerraron sobre la erección de mi marido, supe que aquel aniversario no tendría retorno.
Valentina se puso el vestido negro a medianoche. Dos desconocidos llamaron al timbre. Marcos sabía lo que iba a pasar y, aun así, abrió la puerta.
Habíamos hablado de esto durante meses, como una fantasía. Esa noche dejó de ser fantasía. Y yo, sentado en esa silla, no pude apartar los ojos ni un segundo.
Cuando los masajistas entraron en la sala y cerraron la puerta, entendí que Sergio había comprado algo más que un masaje para nuestro aniversario.
Sergio se fue y Marcos me llevó a la piscina. Había algo en su mirada que no era para Sofía. Era para mí, y yo no debí dejar que fuera así.
Llovía sobre el techo de la cabaña y la chimenea ardía cuando entendí que Camila no había venido solo a tomar vino con nosotros esa noche.
Cuando escuché la puerta, supe que el almuerzo en la oficina había terminado mal. Yo lo esperaba en la encimera, con las piernas cruzadas y el encaje negro pegado a la piel.
Me citó en un hotel y cuando abrió la puerta supe que nada de lo que había vivido antes se parecería a lo que estaba por venir.
Nunca imaginé que una noche de dominó con dos amigos acabaría así. Cuando los dos me miraron al mismo tiempo, supe que el ambiente tenía otra temperatura.
Llegaba cada mañana a las once. Las dos lo sabían. Y un martes que llovía con fuerza, el cartel de cerrado apareció en la puerta y entendí que era por mí.
Me los probé uno a uno frente al espejo, con él observando desde el otro lado de la pantalla. No era moda. Era control puro.
Aparcamos lejos de todo para no aguantar más. Cuando me arrodillé frente a él, alguien venía por el sendero. Y no se alejó. Se quedó mirando, sin disimular.
Marco aún tenía el café en la mano cuando ella lo miró a los ojos y dijo que necesitaba dos hombres a la vez. Ninguno esperaba que esa mañana cambiara las reglas del juego.
Marcos presentó a Lucía como su mujer frente al barman. Era la mujer de Diego. Nadie lo corrigió. Así empezó esa noche.