Le confesé a mi novia mi fantasía con otro hombre
Esa noche, con la luz baja y su cuerpo pegado al mío, me animé a contarle la fantasía que llevaba meses guardando. Lo que vino después no estaba en mi cabeza.
Esa noche, con la luz baja y su cuerpo pegado al mío, me animé a contarle la fantasía que llevaba meses guardando. Lo que vino después no estaba en mi cabeza.
Bajé por una salida cualquiera y me metí entre los eucaliptos, su mano todavía debajo de mi falda. Lo que vino después, con un desconocido pasando muy cerca, sigue volviendo a mi cabeza.
Cuando bajó del avión y me estrechó entre sus brazos, supe que no iba a dejar que nada —ni siquiera el calendario— nos detuviera esa noche.
Llevaba meses insistiendo con aquella fantasía. Cuando me dijo que ya lo había arreglado todo con el club, supe que no podría echarme atrás.
Entré sola, me desnudé despacio y pulsé el botón. Al otro lado de la puerta había ocho hombres esperando mi señal. Nunca había sentido tanto miedo y tanto deseo a la vez.
La lluvia golpeaba los cristales cuando Rodrigo abrió los ojos con esa expresión de quien acaba de descubrir algo que no puede explicar con palabras.
Cuando Lucía corrió la cortina del probador detrás de nosotras, supe que el vestido verde no iba a salir intacto. Y que yo tampoco saldría como había entrado.
Trece kilómetros a pie, medias gruesas y zapatillas cerradas. Esa noche iba a darle el regalo que le había preparado desde que subí al avión.
Esa noche, con la lluvia tamborileando contra los cristales, los tres descubrimos que el cuerpo guarda territorios que ninguno había explorado todavía.
Bajé a ayudarlo con unos trámites. Tenía manos grandes, olor a taller y una manera de mirarme que me ponía nerviosa desde que llegamos.
Toda la familia creía que Andrés era el hermano bueno que se sacrificó por mí. Nadie sabía que también era el padre de mis hijos y el único hombre que he querido.
Necesitaba dinero y él tenía una propuesta. Tardé menos de lo que esperaba en decir que sí, y mucho más en entender qué significaba ese sí.
Se metió en la bañera sin intención de limpiarse. Solo quería revivir cada segundo de aquella tarde antes de que su marido cruzara la puerta.
Lo que empezó como un juego compartido se convirtió en algo que ninguno habíamos previsto: un hombre que llegó como invitado y se quedó con todo.
Ella no sabe que cuando salgo «a ver a un amigo», vuelvo oliendo a otro. Llevo tres meses así y no sé cuánto tiempo más puedo aguantar.
Cuando gritó mi nombre delante de todos pidiéndome que la llevara a casa, supe que el domingo no terminaría con un simple adiós en el aparcamiento.
Hoy me toqué pensando en aquella partida online en la que tú no podías ni respirar fuerte y yo aproveché cada uno de tus silencios.
Cuando bajamos del avión en Ilulissat, no imaginábamos que la hospitalidad inuit incluía dejar la cama abierta para los huéspedes. Esa noche cambió todo entre nosotros.
Cuando le vendé los ojos con la servilleta y le dije que abriera las piernas, supe que aquella noche iba a superar con creces a la primera.
Apoyé la frente contra la puerta del dormitorio, intentando no hacer ruido, y entonces sentí su aliento en la nuca y supe que esa noche no íbamos a dormir todavía.