Lo que mi novia preparó al caer el sol en la cala
Cuando el sol empezó a hundirse, ella me pidió que me apartara y mirase. Y entonces se quitó la parte de arriba del biquini frente a sus dos amigas.
Cuando el sol empezó a hundirse, ella me pidió que me apartara y mirase. Y entonces se quitó la parte de arriba del biquini frente a sus dos amigas.
Se quedó dormida desnuda sobre la toalla y yo, sentado a su lado, descubrí que seis chicos jóvenes no le quitaban la vista de encima desde las rocas.
Cuando se aferró a mí dentro del agua y noté su respiración cambiar, supe que el verano de nuestros dieciocho no terminaría como ningún otro.
Tenía diecinueve años cuando su mano se coló bajo la manta. La cuenta quedó abierta cinco años, hasta el verano en que su novia se fue del puerto.
Cuando Marcos cerró la puerta del apartamento y preguntó si iban a dormir con su «nueva pareja», el silencio de los cuatro lo dijo todo.
Cuando empujé la puerta del cuarto, mi tía no estaba sola. Ya era tarde para volver atrás, y demasiado pronto para marcharme.
A las dos de la madrugada bajé descalza por un vaso de agua y los oí discutir bajito sobre mí, con esa voz de los matrimonios que ya no necesitan terminar las frases.
Bajo la luz del sillón estaba ella, perfumada y maquillada, ya no como mi hermana sino como una mujer cualquiera. Y supe que esta vez no nos detendría nadie.
Cuando Lucía salió del agua y los miró desde la orilla, ellos dos supieron que aquella tarde no iba a terminar en sus tumbonas.
Quería tenerla desnuda bajo el sol, lejos de todo. Pero un pescador apareció entre las rocas y ninguno de los dos hizo nada por detenerlo.
Valen apoyó la mano en mi muslo en mitad de la autopista. Llevábamos cuarenta minutos y ya sabíamos las dos cómo iba a terminar el día.
Laura llevaba la rabia en la piel y yo sabía exactamente cómo ayudarla a soltarla. Esa noche en el departamento no fue como las otras.
Llevaba meses fantaseando con verla con otro hombre. Cuando le propuse a Valeria el viaje, los tres sabíamos que algo iba a cambiar para siempre.
Cuando lo vi mirarla así, en lugar de celos sentí algo que no esperaba. Ese primer día en el resort ya no éramos la misma pareja que había llegado por la mañana.
Llevábamos apenas dos cervezas cuando Valeria se quitó las sandalias y me dijo que había que ponerle remedio a que hacía años que no pisaba la arena. Esa noche aprendí muchas cosas.
El coche de Roberto desapareció tras la curva y Sofía miró a Raquel. Tenían tres horas, dos hombres esperando y un plan que parecía infalible.
El aire levantaba mi vestido y yo no hacía nada por evitarlo. Quería que me vieran. Necesitaba que me vieran, aunque no supiera bien por qué.
Llevábamos treinta años juntos y yo siempre tuve esa fantasía. Nunca imaginé que ella terminaría desnuda frente a otro hombre diciéndome gracias con una sonrisa.
Cuando el capitán ancló en esa cala desierta y Rodrigo descorchó la segunda botella, todos supimos que el orden del día había quedado oficialmente cancelado.
Estábamos con vino cuando me dijo: «Nunca te conté todo lo de Punta del Este». Lo que siguió me dejó callada durante horas.