Una apuesta entre tía y sobrino frente al mar
Marina llevaba meses siendo invisible para su marido. Su sobrino la miraba de la única manera que ella necesitaba que la miraran. Aquella noche, las cartas tomaron una decisión.
Marina llevaba meses siendo invisible para su marido. Su sobrino la miraba de la única manera que ella necesitaba que la miraran. Aquella noche, las cartas tomaron una decisión.
Bajamos al aparcamiento desierto de la playa, ella temblaba, y la otra ya tenía las manos en sus muslos antes de que yo apagara el motor del coche.
Aquella tarde en la arena lo perdí de vista cuando me levanté a por agua. Y entonces me hablaron en la cola del chiringuito y descubrí que era él.
Valentina llevaba cuatro meses planeando ese fin de semana. Cuatro amigos, un resort naturista, y una noche que ninguno de los cuatro sabía cómo iba a terminar.
Años de amistad y yo mirando lo que nunca debí mirar. Una noche tomé una decisión que lo cambió todo entre nosotros para siempre.
Marcos apoyó la botella en la barra y dijo en voz alta lo que los dos llevaban días callando. El camarero fingió no escuchar.
Ese verano alquilamos la casita de siempre y ella bajó del coche con una sonrisa nueva. Mi prima. Prohibida. Y sin embargo, todo lo que quería.
Cuatro amigas, una casa cerca de la playa y una botella de vodka. Lo que empezó como un juego se convirtió en la noche más intensa de mi vida.
Sofía tenía los labios más carnosos que había besado en mi vida. Esa tarde en la playa nudista, los seis decidimos que ya no había vuelta atrás.
Estaba tumbada boca abajo cuando llegué y sus curvas bajo el sol eran imposibles de ignorar. No debería haberla tocado. Lo hice de todas formas.
Llevábamos horas bebiendo cuando le pregunté, sin mirarlo, si alguna vez había estado con un hombre. La pausa que siguió duró una eternidad.
Natalia solo quería depilarse antes de ir a la playa. No esperaba que la esteticista del hotel fuera tan impresionante, ni lo que encontraría bajo su bata.
Los dos estaban en el umbral de mi habitación, mirándome dormir. Ella se tocaba. Él también. Y cuando abrí los ojos, ninguno de los dos se detuvo.
Lo había visto en la playa, en una tienda, entre pinos. Tres veces sin atreverme. La cuarta vez estaba en la cocina de su hermano, con una camiseta sin mangas.
Cuando ella me preguntó quién me gustaba más de los dos, yo llevaba veinte minutos mirándolos desde mi toalla con la boca seca.
Esa noche en el restaurante de Pinamar, Valeria entendió que la ciudad grande es, en realidad, un pueblo muy chico.
Sofía tenía una fama que ninguno de los dos se había atrevido a comprobar. Ese martes en la playa fue diferente: llegaron a la casa al atardecer y entendieron todo.
Lo vi en la terraza del puerto: alto, con barba y espalda ancha. Marcos me miró de reojo y supe que los dos estábamos pensando lo mismo.
Él apareció entre las dunas, se detuvo a mirar y no se fue. Nosotros seguimos, y él también. Así empezó el juego más excitante que hemos tenido.
Llevaba años llenándole la cabeza con la idea, hasta que el viaje a la playa nos dio el escenario perfecto. Lo que no esperaba era el nombre que ella iba a pronunciar.