Lo teníamos todo planeado hasta que volvieron
El coche de Roberto desapareció tras la curva y Sofía miró a Raquel. Tenían tres horas, dos hombres esperando y un plan que parecía infalible.
El coche de Roberto desapareció tras la curva y Sofía miró a Raquel. Tenían tres horas, dos hombres esperando y un plan que parecía infalible.
El aire levantaba mi vestido y yo no hacía nada por evitarlo. Quería que me vieran. Necesitaba que me vieran, aunque no supiera bien por qué.
Llevábamos treinta años juntos y yo siempre tuve esa fantasía. Nunca imaginé que ella terminaría desnuda frente a otro hombre diciéndome gracias con una sonrisa.
Cuando el capitán ancló en esa cala desierta y Rodrigo descorchó la segunda botella, todos supimos que el orden del día había quedado oficialmente cancelado.
Estábamos con vino cuando me dijo: «Nunca te conté todo lo de Punta del Este». Lo que siguió me dejó callada durante horas.
La forma en que él la miraba en la piscina y la forma en que ella se rozó conmigo bailando bachata me hicieron entender que aquella semana cambiaría todo.
El sol nos quemaba la piel desnuda mientras Damián me abría sin clemencia, y en el agua, a pocos metros, mi madre descubría que también ella tenía hambre.
Esa noche en la casa de playa fui la fantasía cumplida de mi ex. Lo que no esperábamos era que su amigo me hiciera pedir las dos al mismo tiempo.
Carla salió de los muslos de Lucía con los labios brillantes, me miró desde la arena y supe que mi tarde tranquila había terminado para siempre.
Marina se durmió desnuda al sol y, cuando abrió los ojos, la cala que parecía vacía ya no lo estaba. Y lo que más me iba a sorprender no fueron ellos: fue ella.
Cerré los ojos en el banco del paseo y separé las piernas un poco más. El viento hizo el resto. Sabía que me miraban y eso era exactamente lo que buscaba.
Bajé del taxi en La Malagueta sin imaginar que aquel chico de ojos azules me esperaba con una servilleta doblada y un mensaje que iba a cambiarlo todo.
Ella temblaba sobre la alfombra cuando entendí que la noche apenas empezaba. Afuera llovía con fuerza y yo tenía los dedos todavía brillantes de lubricante.
Mientras ellas seguían en el agua, él me propuso lo que yo llevaba un año imaginando. Bajé la cerveza sobre la barra y dije que sí antes de arrepentirme.
Siempre fue tímida, pero esa tarde en la playa, desnuda bajo el sol, algo se despertó en ella que yo no había visto nunca.
Cuando Diego puso la mano en su espalda y la presentó como su mujer, Lucía sintió que aquella palabra abría una puerta que ninguno de los cuatro iba a cerrar esa noche.
Llevábamos veinte años siendo amigos y esa tarde, apoyados en la barra del chiringuito, confesamos en voz alta algo que ninguno creía que llegaría a decir nunca.
Cuando sus dedos ajustaron la licra entre mis labios, supe que no iba a volver a casa como había llegado. El juego apenas empezaba.
Soltó la carcajada, bajó la voz y me miró con esa sonrisa de puta satisfecha que ya le conocía. Supe que me iba a contar todo lo que había callado.
Cuando nadie nos veía, él metió la mano bajo mis mallas y me propuso la apuesta más excitante que me han hecho en mi vida.