Llamé a Marcos tres días después de aquella noche
Tres días resistí antes de marcar su número. Cuando lo oí contestar, supe que nada de lo que me había prometido a mí misma durante esos días importaba ya.
Tres días resistí antes de marcar su número. Cuando lo oí contestar, supe que nada de lo que me había prometido a mí misma durante esos días importaba ya.
Mi tía estaba de viaje y mi tío me ofreció un café. Lo que pasó después no debería habernos pasado, y sin embargo no quise irme.
Desperté maniatado en una sala con argollas en las paredes y dos mujeres dispuestas a hacerme hablar. Cometieron un error: me dejaron solo con sus propios instrumentos.
Mis amigos no entendían por qué pasaba tres meses en un pueblo sin vida. Nunca les dije la verdad: que mi abuelo me esperaba con algo más que la cena.
Tres compañeros de oficina la invitaron a quedarse después de las diez. No sabían que Camila tenía sus propias reglas para esa clase de noches.
Las muñecas sujetas al techo, el cuerpo expuesto y él mirándome con calma. Juré que no cedería. Nunca había estado tan equivocada.
Me advirtieron que era una amargada, que odiaba a los hombres. Lo que nadie dijo es que detrás de esa armadura llevaba años sin que nadie la tocase de verdad.
Me senté encima de él y empecé a contarle mi fantasía más sucia. Con cada detalle que añadía, lo veía deshacerse un poco más.
Bajé al bar del hotel a la una de la mañana. Cuando volví a mi cuarto, sin ropa interior y con la marca de su mano en el glúteo, supe que ese vuelo lo recordaría.
Lo había visto en la app media hora antes: cincuentón, activo, con una foto que prometía. A medianoche estaba en su ascensor y ya no había vuelta atrás.
Llegué solo por curiosidad, prometiéndome que sería una copa y ya. Pero cuando la puerta se abrió antes de que tocara, entendí que él llevaba horas esperándome.
Lo que empezo como un juego en el balcon se convirtio en una espiral de exhibicionismo, sumision y deseo que ninguno de los dos quiso frenar.
Cuando entró a la habitación pensaba que iba a ser otra noche más. No había visto la mochila que dejé sobre la silla, ni la cuerda asomando del cierre.
Nueve horas para mi vuelo y no había ni una cama libre en todo el aeropuerto. Entonces ella me miró desde su mesa y preguntó: «¿Te apetece sentarte conmigo?»
Desperté atado en un sótano, desnudo y a merced de la mujer a la que investigaba. No sabía que en pocas horas sería yo quien sostendría el látigo.
Tenía quince años cuando abrí el cajón de mamá. Lo que encontré dentro no era solo lencería: era la primera pista de quién era en realidad.
Cuando sus ojos se clavaron en los míos y señaló el suelo, entendí que esa noche el ritual sería distinto. Más intenso. Más íntimo.
Su voz me derritió antes de que sus manos me tocaran. Nunca pensé que un desconocido en un spa me haría sentir tan expuesta y tan libre al mismo tiempo.
Cuando Elena abrió las puertas, el olor a carne quemada le llegó antes que la imagen. Dos cuerpos rotos, un trabajo sucio y una guardia dispuesta a impedirlo.
Clara jugó con la llave entre sus dedos y me miró desde el sofá. Yo sabía lo que venía. Y lo peor era que una parte de mí lo deseaba.