Mi dueña me ató de rodillas antes de irse a cenar
Llevaba casi una hora arrodillada viéndola elegir vestido. Cuando por fin se giró hacia mí con esa sonrisa, supe que la espera había terminado.
Llevaba casi una hora arrodillada viéndola elegir vestido. Cuando por fin se giró hacia mí con esa sonrisa, supe que la espera había terminado.
Cuando escuché sus tacones en la escalera supe que mi secreto se acababa esa noche. Yo estaba atado, con ropa que no era mía y sin poder moverme.
Cuatro hombres pagaron por usarme en un almacen. Mi hija controlaba la puerta. Esa noche deje de ser quien era.
La cláusula séptima decía: firmar es consentir, consentir es convertirse en material. Lo entendí cuando ya era demasiado tarde para salir.
Cuando entré en aquel bar y escuché su voz presentándose, algo dentro de mí se desplomó. No fue deseo. Fue rendición absoluta.
Cuando vi al hombre acercarse por el camino, él me apretó la cabeza con más fuerza. No pensaba detenerse. Ni yo quería que lo hiciera.
Levanté el puño para tocar el timbre y la puerta se abrió antes de que mi nudillo rozara la madera. Él llevaba horas contando mis pasos en la calle.
La llave de mi jaula colgaba entre los pechos de mi esposa, a la vista de sus tres amigas, cuando ella sonrió y anunció que yo haría cualquier cosa esa noche.
Llevaba meses fantaseando con rendirme ante alguien que supiera tomar el control. No imaginé que lo encontraría un viernes en la barra de un bar.
Cuando abrió los ojos estaba inmovilizado sobre una mesa fría. Cinco figuras con delantal blanco lo rodeaban y la líder sostenía algo que brillaba.
Desperté atado en una sala llena de cadenas y cámaras. Lo que ella no sabía era que yo había aprendido a fingir el desmayo mejor de lo que parecía.
Cuatro copas de vino y Rodrigo empezó a hablar. Lo que salió de su boca esa noche cambió las reglas entre ellos para siempre.
Llevábamos cuatro años intercambiando miradas en ese bar. Ella con sus gafas, yo sin saber qué hacer con todo lo que sentía cada vez que me servía.
Cuatro semanas sin verlo. Cuatro semanas intentando borrar el recuerdo de otras manos. Esa noche, Abril se convirtió en alguien que no reconocía.
Empujé la puerta esperando encontrarla dormida; la encontré con la tanga cerca de la boca y los ojos abiertos, esperándome sin pudor.
Firmé sin pensar demasiado. Nueve horas después entendí que mi cuerpo ya no me pertenecía. Y alguna parte retorcida de mí lo deseaba.
Ella no podía moverse mientras yo controlaba el mando en el bolsillo. A nuestro alrededor, mil extraños celebraban el Carnaval sin sospechar nada de lo que ocurría bajo el terciopelo.
Después de que mi padre y mi hermano terminaron conmigo, mi madre se acercó a la cama con una sonrisa que yo no le conocía. Esa noche todo cambió.