Tres hombres me sometieron en la finca apartada
Mateo me había hablado de esa finca semanas atrás, pero ninguna palabra suya pudo prepararme para lo que Rodrigo y Esteban iban a hacerme al cruzar el portón.
Mateo me había hablado de esa finca semanas atrás, pero ninguna palabra suya pudo prepararme para lo que Rodrigo y Esteban iban a hacerme al cruzar el portón.
Cuando le dije a Iván que se quedara, ella aún sostenía la cerveza fría entre las manos y me miraba como si ya supiera lo que estaba a punto de pedirle.
Le dije que confiaba en él con los ojos cerrados. No sabía que esa frase la tomaría tan literal esa noche de sábado, con tres desconocidos en su cuarto.
Cuando Valentina se quitó la blusa frente a mí sin ningún pudor, pensé que solo era confianza. No entendía aún lo que tenía planeado para esa tarde.
La primera vez que me contó su fantasía, terminé tocándome en su baño. La segunda vez, me ofrecí yo misma como conejillo de indias y crucé la puerta con la lencería puesta.
Cuando ella abrió el bolso en el parking, Diego entendió que aquella tarde no iba a terminar como había imaginado.
El gas era casi invisible, pero sus efectos no. En segundos, el uniforme dejó de ser una armadura y se convirtió en algo que quemaba la piel desde adentro.
Había negociado los términos por mensajes de voz. Al cruzar la puerta de la casa, supo que la negociación había terminado para siempre.
Cuando entré al departamento, las luces estaban apagadas y sobre la cama me esperaba un atuendo de látex en mi talla exacta. Damián sonrió desde la puerta.
Afuera él era directivo casado. Adentro de ese despacho con la puerta echada, era otro hombre. Y yo me convertía en Valentina, su secreto más íntimo.
Marcos me dijo que tenía dos opciones: la demanda o su puerta a medianoche. Fui un idiota y elegí la segunda. O quizás no era tan idiota.
Cuando salí del baño, Sebastián tenía las prendas rosadas en la mano y esa mirada firme que sabía que no iba a poder rechazar.
Mis amigos no entienden por qué regreso cada año a ese pueblo de nada. Si vieran lo que hay en mi galería, no necesitarían preguntarlo.
Me puse las medias sobre la piel todavía tibia y salí del hotel tomada de su mano, sabiendo que entre mis dedos guardaba algo que solo nosotros dos sabíamos.
Me quité el tacón por debajo del mantel y, mientras él sonreía despistado, empecé a recordarle quién tenía el control esa noche.
Tenía veintiún años y llevaba meses mirándome de una forma que yo fingía no notar. Esa noche mi hijo se fue a la cama y nos quedamos solos.
Cuando Saya abrió los ojos en la oscuridad, lo primero que sintió fue el frío del acero en las muñecas y el aliento de Nadia a pocos centímetros de su cara.
Cuando colgué el teléfono, la madre ejemplar ya había muerto. Solo quedaba la mujer dispuesta a entrar a esa suite con vestido morado y tacones.
No supe quiénes eran ni cuántos. No podía verlos ni tocarlos. Solo sentirlos. Y eso era exactamente lo que Rodrigo había planeado desde que se lo conté.
Andrés estaba de viaje y yo llevaba puesta mi falda nueva. Cuando sonó el timbre y vi a mi tío en la puerta, supe que mi secreto había terminado.