El cortijo donde el deseo no tiene reglas
La tarjeta no decía nada más que un nombre y un número de teléfono. Nadie nos advirtió de lo que íbamos a encontrar al otro lado de esa verja.
La tarjeta no decía nada más que un nombre y un número de teléfono. Nadie nos advirtió de lo que íbamos a encontrar al otro lado de esa verja.
Nadia tenía dos esclavos perfectos, medio millón de dólares acordados y una sonrisa de victoria. No imaginó que Viktor traería el collar para ella.
Pusimos música bajita, apagamos las luces y nos prometimos que lo que se dijera esa noche no saldría de ahí. La promesa más difícil de cumplir.
Me dije que solo sería un café. Que podía controlar la situación. Pero cuando abrió la puerta antes de que yo tocara el timbre, ya no había vuelta atrás.
Salió del baño con una americana blanca que apenas cubría lo justo, un chupete rojo en los labios y esa sonrisa suya. Supe que esa noche iba a ser distinta.
Subí mi torso al portal por curiosidad, sin pensarlo dos veces, y dos días después estaba tocando el timbre de un desconocido con las manos sudadas.
La reina ordenó hidratarlo, pero Sofía vació el cáliz sobre su propio pie. Él lamió cada gota del empeine, temblando de sed y de humillación.
Llevábamos años cruzándonos miradas en silencio detrás de la barra. Esa tarde entré al bar vacío, me senté frente a ella y por fin solté lo que tenía atragantado.
Habíamos tendido la trampa perfecta. Pero cuando Diego me tomó por la cintura con esa seguridad brutal, entendí que ya no era yo quien llevaba las riendas.
Cuando abrió la caja equivocada, supo que era un error. Pero cuando ella entró al consultorio, pequeña y asustada, la muñeca y la mujer se volvieron lo mismo.
Se sentó en mi cama con ese gesto de siempre y soltó que había pasado otra vez. Y yo sabía exactamente de qué me estaba hablando.
Salió del baño con una americana blanca sin nada debajo y un chupete rojo entre los labios. Esa noche supe que Camila no había venido para complacerme: había venido para divertirse.
Esa noche me preparé como nunca. Camila iba a llegar con su mochila y su sonrisa traviesa, y yo sabía exactamente lo que iba a pedirle.
Cuando me pidió que me arrodillara, lo hice. Entendí que había dejado de ser su paciente para convertirme en algo completamente diferente.
Fui a aquella pensión como Tomás. La noche que don Federico me llamó Valeria por primera vez, ya no hubo manera de volver atrás.
Cuando cerró con llave la puerta de la biblioteca, supe que mi pequeño juego de faldas y miradas acababa de cruzar una línea sin retorno.
El esclavo colgaba de puntillas en el pilar de los perros, casi muerto, cuando la sanadora entró con sus instrumentos. La reina dio una orden estricta. Ella halló otro modo.
Necesitábamos el dinero. Por eso firmamos sin leer la letra chica de un contrato que nos mantendría en Praga seis semanas más de lo planeado.
Cuando el cerrojo se abrió esa mañana, supe que mi cuerpo ya no me pertenecía. Tampoco mi orgullo. Solo quedaba obedecer o romperse.
Sebastián no había abierto ese libro en su vida. Pero sí llevaba semanas guardando una cuerda en el cajón, esperando la noche que nos quedáramos solos.