Lo que guardé en mis pies todo el día en Viena
Me puse las zapatillas ya usadas y las medias gruesas, lista para un día entero de turismo. Él no sabía que cada paso era un regalo preparado para él.
Me puse las zapatillas ya usadas y las medias gruesas, lista para un día entero de turismo. Él no sabía que cada paso era un regalo preparado para él.
Sebastián traía visitas para que yo jugara. El juego siempre fue mío. Hasta que Diego cruzó la puerta con esa calma que no promete nada bueno.
A las siete de la mañana yo llegué a entrenar. Ella cerró el vestuario con pestillo, se giró y me dijo: «Hoy la clase no está en el menú normal».
Cuando Vera me miró esa noche, supe que algo en mí estaba a punto de romperse. No de miedo, sino de un deseo que nunca había querido reconocer.
Entró con un grupo, intentó llevarse un set de lencería negra y acabó devolviendo mucho más de lo que robó. Sus ojos azules me lo dijeron todo desde el primer segundo.
Cuatro semanas de pruebas de sumisión y ahora la final: resistir más que la otra pareja. Sofía no pensaba pronunciar la palabra de seguridad, cueste lo que cueste.
Cerré el portátil y todavía sentía sus manos imaginarias en mi piel, la voz grave dando órdenes que yo obedecía sin dudar. Una fantasía tan real que me dejó temblando.
Marco llevaba un año besando sus pies en silencio. La noche que salió para capturar a una rival, volvió como el único amo de la mansión.
Había algo en sus ojos cuando se dio la vuelta que debería haberme preocupado. No era la rabia de una vecina molesta. Era una promesa.
Lo habían planeado durante semanas. La sala oscura, las cuerdas, y Vera esperándolas con esa sonrisa que no prometía nada bueno ni nada fácil.
Tenía los dedos húmedos de ella cuando el coche arrancó. Me dejó en la puerta de mi propia casa con una erección y el corazón roto.
Cuando Dimitri me llamó para que mirara cómo mi madre le servía de rodillas, algo en mí se rompió para siempre. O quizás nació.
Cuando él me susurró su fantasía al oído, no imaginé que tres semanas después estaría desnuda en una sala aséptica, esperando a que ocho hombres cruzaran la puerta.
Me puse las medias, el liguero y los tacones. Me miré al espejo y supe que estaba lista. Lo que no supe fue cómo apagar ese recuerdo de tres semanas atrás.
Ella se sentó en el banco y me extendió los pies sin decir una palabra. Solo sus ojos hablaban, y lo que decían no dejaba opción alguna.
Llevábamos semanas intercambiando correos con Valeria. Ella pedía fuerza y presión. Cuando nos vio bajar de las motos, supo que no se iba a decepcionar.
Pusimos el anuncio por curiosidad. Dos semanas después, un chico joven estaba en nuestro salón, temblando, a punto de ponerse un vestido de encaje negro.
Cada vez que necesitaba las llaves, él lo sabía. Y yo también sabía lo que venía después, aunque nunca me acostumbré del todo.
No me enseñó por amor. Me enseñó porque nadie más iba a hacerlo, y porque, en el fondo, era lo que los dos necesitábamos.
Llevaba dos días en la capital cuando descubrí que desde mi ventana podía ver una terraza donde tres personas practicaban algo que nadie debía presenciar.