El Amo me probó hasta dónde llega mi sumisión
Cuando ella se sentó sobre mi cara y el oxígeno empezó a bajar, entendí que mi voluntad ya no me pertenecía. Solo el latido del Amo decidía si yo respiraba.
Cuando ella se sentó sobre mi cara y el oxígeno empezó a bajar, entendí que mi voluntad ya no me pertenecía. Solo el latido del Amo decidía si yo respiraba.
Firmamos el papel sin leerlo. Tres días después mi mujer volvió del cobertizo con la marca de otro hombre quemada en la nalga y una calma que aún no entiendo.
La voz de Hayashi me llegó como un golpe seco: el contrato se extendía cuarenta y cinco días más. Estaba en la página 492 y lo habíamos firmado sin leerlo.
Adriana llevaba el currículum en una carpeta y las manos sudando. Cuando cruzó la puerta de aquel piso del centro, ya no iba a salir igual.
Llevaba semanas pensando en la petición de mi marido. Cuando ellos cruzaron la puerta del cuarto esa noche, supe que ya no había vuelta atrás.
Cuando colgué el teléfono aquella madrugada me juré que jamás obedecería una orden tan sucia. A las siete cincuenta y cinco ya estaba en cuclillas, esperándolo.
Lunes por la mañana. La maleta de Adrián desapareció por la puerta y, antes de que el café terminara de hacerse, ya sabíamos que esa semana iba a ser distinta.
Lo escuché aparcar en la entrada y no me cubrí. Abrí las piernas en el sofá, moví la tanga a un lado y empecé a tocarme antes de que entrara.
Cuando bajé al salón con las bragas que él me había mandado ponerme, encontré a los cuatro desnudos en el sofá y entendí que la venganza ya había empezado.
Mientras se ahogaba entre whiskies, me confesó su fantasía más oscura. No supo lo que pedía hasta que llegué a casa con la prueba grabada.
Llevaba cuatro días con mala suerte hasta que entró en un bar junto al mar y la vio sentada sola, con esas curvas que decían más de lo que ella sabía.
Nueve meses de independencia fallida la devolvieron a casa de su padre, a las reglas de Carmen y a la mirada de Marcos, que desde el primer día le hacía sentir cosas que no debía.
Siempre supe que quería rendirme por completo ante alguien. Lo que no sabía era que ese alguien sería un desconocido enorme que me había golpeado por error.
Entré a esa habitación con la rabia de quien ya sabe la verdad. Lo que encontré me dejó clavada en el sitio durante cuarenta minutos que no pienso olvidar.
Andrés pensó que estaba solo en las duchas del polideportivo. Cuando levantó los ojos y vio a la entrenadora mirándolo desde la puerta, ya era demasiado tarde para parar.
No necesitaba tocarlo para controlarlo. Solo tenía que elegir las palabras correctas y observar cómo se deshacía frente a mí.
Lo que pasaba en esa sala era confidencial. Nerea lo vio todo a través de la cerradura, con la mano apoyada en la pared y la respiración cortada.
Recibí el paquete un martes sin aviso previo. Dentro, tres bikinis que él había elegido solo. La nota decía: «Pruébatelos esta tarde. Dos fotos de cada uno. No improvises los ángulos.»
La primera vez que lo vi con ella, quise matarlo. La segunda vez que entró por mi puerta sin tocar, entendí que las reglas habían cambiado para siempre.
A once mil metros de altura, controlaba sus cuerpos desde mi asiento. Lo que les esperaba en Río era apenas el preludio del sometimiento real.