Lo que le hice a Camila delante de mi amigo
Las palomitas se enfriaron pronto. Rodrigo fingía ver la película pero yo sabía que solo tenía ojos para lo que mis manos le hacían a mi novia bajo la manta.
Las palomitas se enfriaron pronto. Rodrigo fingía ver la película pero yo sabía que solo tenía ojos para lo que mis manos le hacían a mi novia bajo la manta.
Me dijeron que el cliente era especial. No me dijeron que era el hombre más temido de la ciudad. Ni que en cuanto lo até, empezaría a romperse de verdad.
Hay tardes en que el mejor placer es no hacer nada. Me tumbé en el sofá, abrí los brazos y le dije que fuera ella quien mandara.
Las cuerdas me marcaron la piel de rojo. La culpa me marcó el alma de negro. Y ese hombre seguía buscando la grieta por donde romperme del todo.
Cuando Diego entró al apartamento, Laura no sabía que ese hombre joven y callado le iba a devolver algo que había perdido sin saber exactamente cuándo.
Era la mujer de mi colega: cuarenta y pocos, un cuerpo que imponía desde el marco de la puerta. Esa noche también quiso elegir a los dos.
Bajé 22 kilos. Mi cuerpo tiene cicatrices que nunca vi venir. Y cada semana le miento a mi familia con una sonrisa forzada en la pantalla.
Llegó empapado, con las marcas de la última sesión todavía latiendo bajo la ropa. Nadie en la ciudad sabía que el hombre más temido venía a arrodillarse ante mí.
Volvió del trote al atardecer y la encontró en las dunas. No estaba sola. Nunca lo había estado.
Me despertaron con un pitido y tres esclavos desnudos en el pasillo. A las nueve me daban cien azotes. A las diez me encerraban en una jaula.
Cuando la vi bajar por las escaleras envuelta en gasas de colores, con esa mirada de hambre, supe que aquella tarde iba a cambiar muchas cosas.
Tiene muchos nombres para mí. Ninguno importa mientras la miro obedecer desde el otro lado de la pantalla, esperando el día en que la tenga de rodillas frente a mí.
Cuando apuntó la cámara por primera vez, se dijo que era la última. Seis semanas después, aún seguía grabando. Y Laura seguía sonriendo desde el otro lado del objetivo.
Cada vez que Marcos encendía la cámara, creía que controlaba el juego. Esa noche, al abrir la puerta, descubrió que siempre había sido la pieza que otros movían.
Él salió del baño y la encontró como la había dejado: rendida sobre la sábana, marcada con sus huellas. Las nalgas enrojecidas eran su firma en ella.
La Ama anunció la revisión con esa sonrisa que siempre me helaba la sangre. Supe de inmediato que ese día sería diferente a todos los anteriores.
Marcos me la presentó con una sonrisa cómplice. La miré de arriba abajo y supe enseguida que detrás de esa fachada recatada había algo que necesitaba liberarse.
Cerré la puerta con llave y me quité la bata. Marcos me miró desde la cama con los ojos abiertos y algo que no era solo gratitud.
Estaba sola en el salón cuando ella entró, arrastró su silla hasta quedar frente a mí y cruzó las piernas. —No pares —dijo. Y yo no paré.
Me acosté boca abajo, dejé la puerta abierta y esperé. No tardaron en llegar. Lo que pasó durante la siguiente hora superó cualquier viernes anterior.