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Relatos Ardientes

Cuando ella se durmió, mi profesor y yo seguimos

Nos quedamos los tres tumbados sobre la alfombra del salón, sin fuerzas para movernos, con la respiración todavía descompuesta. Yo tenía la cabeza apoyada en el pecho de Carla y sentía cómo el corazón se le iba calmando poco a poco bajo mi oreja. Nico estaba entre nosotros, con un brazo por debajo de su cuello y el otro cruzado sobre mi cadera, aún dentro de ella, con la polla perdiendo grosor centímetro a centímetro.

Cuando por fin salió, ella soltó un suspiro largo y el semen empezó a bajarle por los muslos, resbaladizo y espeso, empapándole el regazo y el borde de la alfombra. Nico se rió por lo bajo y le acarició la piel con la yema de los dedos, siguiendo el rastro húmedo hasta la rodilla.

—Nunca había hecho esto —murmuré contra su hombro—. Los tres, digo. Y así.

—Y de qué modo lo hemos hecho —respondió Nico con esa voz ronca que llevaba media noche desarmándome—. Ninguno de los tres se ha guardado nada.

Sentí el suelo frío en la espalda y me incorporé despacio, con los músculos temblándome. Estaba pegajoso de sudor, de saliva y de todo lo que habíamos derramado unos sobre otros. Carla se rió sin abrir los ojos.

—Deberíamos ducharnos —dijo Nico, sentándose y estirando los brazos por encima de la cabeza—. Los tres. Mi baño es enorme.

—No tenemos ropa de recambio —protesté por decir algo.

—Ya os presto yo. Y después nos vamos a la cama... si es que nos vamos a dormir. —Me miró directamente al decirlo, con media sonrisa, mientras le besaba a Carla la parte de atrás del cuello y le succionaba la piel hasta dejarle una marca rosada.

—¿Quieres que nos quedemos a dormir? —preguntó ella, con la voz pastosa—. Mañana hay clase.

—Precisamente por eso —le contestó él, deslizando la mano por mi espalda hasta el nacimiento de mis nalgas—. Estáis los dos ya bastante lejos de casa. Y os quiero aquí.

***

El baño era casi tan grande como el salón. Nico había tirado el tabique de un cuarto para agrandar su dormitorio y el aseo pegado, y se notaba: había espacio de sobra para los tres bajo la ducha de lluvia. Nos metimos juntos, todavía desnudos, todavía manchados unos de otros. El agua caliente cayó sobre nosotros como una absolución.

Nos enjabonamos despacio, sin prisa, con esa calma que solo llega después del hambre. Yo le pasé las manos a Carla por los pechos, por el vientre plano, por los muslos, quitándole con espuma los restos de Nico. Ella hizo lo mismo conmigo, riéndose por lo bajo cuando le apretó a mi polla la palma jabonosa y me la vio revivir en su mano.

—Otra vez no, mujer —le dije—. Vas a matarnos.

Nico, detrás de mí, me mordió el hombro. Me pegó su cuerpo contra la espalda y sentí perfectamente el bulto que se le estaba armando otra vez a él también. No decía nada. Solo respiraba en mi cuello y me apoyaba las manos en las caderas como si estuviera midiendo algo por dentro.

Carla nos miró a los dos, sacudió la cabeza y sonrió con los ojos entrecerrados.

—A mí me habéis dejado sin batería —dijo—. Vosotros dos, allá vosotros.

Salimos del agua envueltos en toallas. Nico le prestó a Carla una camiseta blanca que le quedaba enorme y unos bóxers suyos, y ella se los puso en el borde de la cama con los ojos ya cerrándosele. Se dejó caer sobre la almohada antes de terminar de subirse los calzoncillos.

—Estoy destruida —murmuró.

—Duerme —le contestó Nico. La tapó con la manta, le pasó la mano por la mejilla y le besó la sien con una ternura que me clavó en el sitio—. Descansa. Aquí estamos.

Yo me quedé apoyado en el marco de la puerta, con la toalla anudada a la cadera y los brazos cruzados sobre el pecho. Todavía tenía el pelo mojado goteándome sobre los hombros. Miré a Nico salir de la habitación y, sin querer, se me fue la vista a la toalla que llevaba anudada. Se le marcaba durísimo debajo de la tela. Sonreí. Estaba claro que lo de dormir no iba con él, y desde luego no iba conmigo.

***

Apenas habíamos dado tres pasos por el pasillo cuando lo agarré. Le pasé una mano por la cadera, subí hasta la nuca y le eché la cabeza hacia atrás para morderle el labio inferior. Nico se dejó, con los ojos cerrados y una respiración que ya no era normal.

—Yo no estoy cansado —le susurré contra la boca—. Necesito un poco más de ejercicio antes de dormir.

—¿Sí...? —Me agarró del culo con las dos manos y me pegó contra él. Sentí su polla dura empujándome el vientre a través de la tela—. ¿Y en qué ejercicio estabas pensando?

—Ahora te lo explico. —Deshice con los dedos el nudo de su toalla, que cayó al suelo sin ruido. Su polla saltó libre, roja, palpitante, con las venas hinchadas y el glande brillante y descubierto. Me humedecí los labios sin dejar de mirarlo—. Vaya... parece que has tenido un pequeño accidente.

—Ups. —Nico se rió por lo bajo y de un tirón me arrancó la toalla a mí también—. Así estamos iguales. Más justo.

—Más justo, sí. Pero también más cómodo así. —Lo giré yo, con una mano en la mandíbula y otra en la cintura, y lo empujé contra la pared del pasillo. Le cogí las muñecas y le apoyé las palmas contra el papel pintado, encima de su cabeza—. No las muevas de ahí.

Coloqué un pie entre los suyos y con un empujón le abrí las piernas. Se le escapó un jadeo cuando le tiré de las caderas hacia atrás. Le mordí la nuca por debajo del pelo mojado y se lo susurré al oído:

—Chsss. No querrás despertar a Carla, ¿verdad?

Empecé por la nuca. Fui bajándole por la columna vertebral a besos y a mordiscos suaves, notándole el temblor de la espalda, subiéndole la piel de gallina. Le acaricié las caderas, le apreté los glúteos, los abrí, los cerré, jugué con ellos hasta que se le escapó un gemido demasiado alto. Le tapé la boca con una mano.

—Silencio —le repetí contra el oído—. Silencio.

Con la otra mano lo agarré por delante. Le rodeé la polla y empecé a masturbarlo despacio, de la base al glande, presionando con el pulgar el capullo mojado, bajando otra vez por el tronco, subiendo, bajando. Él arqueó el culo hacia atrás en cuanto entendió el ritmo, buscándome, restregándome la polla contra la raja.

Le acerqué los dedos a la boca. Le presioné los labios con la yema del corazón.

—Abre —le dije.

Abrió. Metí dos dedos dentro y él los chupó despacio, con los ojos cerrados, empapándomelos de saliva mientras yo seguía haciéndole la paja con la otra mano. Cuando los saqué estaban brillantes y goteando.

—Dime —le mordí el cuello por debajo de la oreja—. ¿Es esto lo que quieres? ¿Así me deseas?

—Sí... —Fue apenas un suspiro largo, con los párpados cerrados.

—Bien. Estoy aquí para complacerte. Te voy a dar lo que quieres.

Le apoyé la mano izquierda contra el abdomen, sujetándolo firme contra mí, y deslicé los dedos húmedos por la raja de su culo. Encontré la entrada cerrada y empecé a acariciar el botón en círculos, mojándolo, sintiendo cómo se relajaba centímetro a centímetro bajo mis yemas. Le metí primero un dedo y lo giré despacio dentro, arriba y abajo, hasta que el anillo cedió. Luego un segundo. Los abría, los cerraba, los curvaba, buscándole ese punto que hace jadear.

—Joder —soltó él contra la pared—. Joder, joder...

—Chsss. Ella duerme.

Metí el tercero. Él ya no podía contener los gemidos, los ahogaba contra el hombro, con la boca entreabierta y todo el cuerpo temblándole. Le follé el culo con los tres dedos hasta que estuvo abierto, húmedo, empapado en su propia saliva y con el ano latiéndome contra los nudillos.

—No hagas ruido —le repetí. Le di un cachete seco en la nalga derecha. Levantó la cabeza sorprendido—. Relájate. Ábrete más para mí.

Se rindió del todo. Dejó caer la frente contra el papel pintado, arqueó la espalda al máximo y me echó el culo con desesperación, buscando meterse mis dedos más adentro. Me los apretaba, me los tragaba, me los soltaba. Tuve que agarrarle una cadera para sostenerlo. Le temblaban las piernas.

Saqué los dedos. Se quejó por lo bajo, echando el culo hacia atrás como si me buscara. Le agarré la polla con la mano y la fui pasando por la raja, arriba y abajo, dejándole el glande apoyado un segundo en la entrada, retirándomelo, volviendo. Le tembló todo el cuerpo.

—Por favor... —Apoyó la mejilla contra la pared. Le temblaba tanto la voz que casi no lo entendí—. Damián... hazlo ya.

Y obedecí. Le puse una mano en la nalga, con el pulgar le abrí más y me hundí despacio, con el glande primero, notando cómo su anillo cedía y me tragaba entero. No paré hasta que mis cojones chocaron contra su piel. Me quedé quieto unos segundos, respirando fuerte contra su nuca, sintiéndole la contracción de dentro sobre mi polla.

Empecé a moverme. Al principio despacio, muy despacio, saliendo hasta la corona y volviendo a hundirme entero. Después con más fuerza, marcando cada embestida contra sus glúteos. La pared le devolvía el ruido de los golpes de mis caderas contra su culo, y él, con las manos apoyadas en el papel pintado, se agarraba a nada, se sostenía como podía, con las piernas ya cediéndole por debajo.

Bajó una mano. Se llevó los dedos a su polla y empezó a machacársela él mismo al ritmo de mis embestidas. Se la aparté enseguida. Se la volví a subir a la pared.

—No —le mordí el cuello—. No te toques. Aguanta hasta que yo te diga.

Aceleré el ritmo. Se me contraían los muslos, se me tensaban los cojones, me subía por la espalda ese nudo que me anunciaba el final. Le mordí el lóbulo de la oreja mientras lo empujaba con toda la cadera, y le clavé los dedos en las caderas para meterme más adentro.

—Ahora —le gruñí al oído—. Hazlo ahora.

Le solté la mano y él se la agarró desesperado. Se la meneó rapidísimo, casi con violencia, con la respiración rota y la frente contra la pared. Verlo así, agachado contra el yeso, follado por mí y masturbándose como un poseso, me terminó de romper por dentro. Solté un gruñido gutural, empujé hasta el fondo y me corrí dentro de él en tres oleadas larguísimas, apretándole el vientre contra mi mano, temblándole las piernas debajo de las mías.

Él lo sintió. Sintió cómo me vaciaba caliente dentro de él y fue como una señal. Se estremeció entero, apretó las paredes de su culo contra mi polla todavía dura y se corrió con un sonido ronco y sordo contra el papel pintado. Le vi la corrida saltarle por la mano y salpicarle el antebrazo hasta el codo.

Nos quedamos quietos así, encajados, respirando como bestias, con las frentes pegadas a la pared. Le pasé un brazo por la cintura y lo incorporé despacio, sin salir todavía de él. Lo giré entre mis brazos y lo besé de una forma que no era ternura ni educación. Era hambre. Era pura hambre.

—¿Así lo querías? —le pregunté, apenas audible.

—Mmm. —Asintió con los ojos cerrados. No tenía voz.

***

Nos sostuvimos el uno al otro para volver hasta el dormitorio. Ninguno de los dos se atrevía a decir nada en voz alta. Nos limpiamos con la toalla mojada del baño, sin encender la luz, pasándonosla por el vientre y por las manos como dos ladrones. Carla dormía profundamente en el centro del colchón, con un brazo cruzado sobre los ojos y la boca ligeramente entreabierta.

Nos metimos en la cama con el mismo cuidado con el que hubiésemos entrado en una iglesia. Nico se acostó al lado de ella y me hizo un hueco a su otro lado, apretándome contra su espalda. La rodeó a ella con un brazo y con el otro me buscó la mano por encima de la sábana. Me la apretó.

Nos miramos un instante largo, sin palabras. No hacía falta preguntarnos nada. Al final iba a haber clase mañana, sí. Y otra noche. Y otra pared.

Cerré los ojos y me dejé llevar por el sueño con la mano de mi profesor todavía apretada en la mía.

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Comentarios(5)

SuenaMdq

que relato!!! me dejo sin palabras, tremendo

CarlosM77

Por favor que haya segunda parte, se corto justo en lo mejor. Quedé con ganas de mas!!

GatoEnNoche

jajaja me mató la escena del pasillo, impecable

CristalNocturna

Hay continuacion? porque asi no puedo quedarme, necesito saber que pasó después

Osca_lector

De los mejores que leí en esta categoria. Se nota que quien lo escribe cuida cada detalle, la tension antes del momento principal es lo que lo hace especial. Esperando mas!

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