La tarde que por fin nos quedamos solos en su casa
Subimos a tender la ropa con cualquier pretexto. Entre los tanques de agua de la azotea descubrí que ella estaba tan impaciente como yo por dejar de fingir.
Subimos a tender la ropa con cualquier pretexto. Entre los tanques de agua de la azotea descubrí que ella estaba tan impaciente como yo por dejar de fingir.
Encontré sus braguitas en el suelo del pasillo, con una nota encima. A partir de esa noche, los dos jugamos a un juego del que ninguno quería salir.
Aquel jueves no tenía clases y la mañana era mía. Abrí el agua, cerré los ojos y me dejé llevar... sin imaginar que unas botas aparecerían en la ventana.
Sabía que él me deseaba desde hacía meses, y yo no iba a parar hasta tenerlo en mi cama. Lo que no calculé fue quién nos descubriría después.
Nunca había olido el deseo de otra mujer hasta esa tarde, de pie en el pasillo, con la prenda empapada de mi compañera entre las manos y el pulso desbocado.
Empezó con un tobillo torcido en la cancha y terminó muchas semanas después, una noche en que su casa quedó vacía y ya no hubo motivos para frenar.
La vi por primera vez animando desde las gradas, con el pelo mojado y esa risa fácil. Diez días después, detrás del frontón, me enseñó algo que nunca olvidé.
Habíamos quedado para repasar los finales, pero a las seis los libros ya estaban cerrados y nadie se quería ir. Lo que vino después todavía me acelera el pulso.
Todos en la facultad sabían cómo era yo, y al vigilante de la entrada le bastó una sonrisa para entender que esa tarde, después del aseo, no me iría tan rápido.
Llevaba quince años viuda y dormida para el sexo. Entonces aquel hombre, casi veinte años menor, me miró los labios y supe que la mañana no terminaría en los apuntes.
Todas mis compañeras suspiraban por él, pero ninguna sabía lo que yo escondía bajo el uniforme masculino que el mundo me obligaba a usar.
Nunca fuimos amigas, pero ella me miraba con desprecio cada vez que su novio se quedaba observándome de más. Y yo decidí darle una razón de verdad para odiarme.
Eran las dos de la mañana cuando un video me metió la idea en la cabeza. Días después caminaba por el súper con un secreto vibrando entre mis piernas.
Cerré la puerta del baño, abrí el grifo y me prometí que sería rápido. Mentira. Esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesta a llegar conmigo misma.
Cerré el pestillo y encendí el portátil para dejar que la imaginación terminara lo que un desconocido había empezado entre la multitud del andén.
Sabía que estaba sola en el piso. Por eso, cuando bajó la caja negra que sus amigas le regalaron, ya no pensaba en los apuntes que la esperaban sobre el escritorio.
Nunca tuve privacidad para nada. Esa tarde, en un banco vacío y con la falda subida, entendí que por fin podía hacer exactamente lo que quisiera.
El reloj marcaba las tres y el sueño no llegaba. Entonces recordé aquella publicación y abrí el cajón donde escondía mi secreto mejor guardado.
Dos semanas sola, sin nadie que tocara la puerta. Saqué la lencería roja, abrí una cerveza fría y me prometí no detenerme hasta quedar temblando.
Llegué a casa y ella se me echó al cuello delante de todos. Nadie sospechaba que ese beso en la mejilla escondía las ganas que llevábamos guardando toda la semana.