Le confesé a mi marido lo que hice con su hermano
Mi marido me observaba a oscuras detrás del cristal espía. Él esperaba ver a su hermano caer ante mí. Yo iba a confesarle algo mucho peor.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Mi marido me observaba a oscuras detrás del cristal espía. Él esperaba ver a su hermano caer ante mí. Yo iba a confesarle algo mucho peor.
Esa tarde de primavera bebimos demasiado ron. No imaginaba que Carla, siempre sumisa, iba a levantarse para llevarme a un árbol cercano y susurrar lo que iba a hacerme.
Cuando el guía enmascarado me separó de Mateo en aquella hacienda colonial, supe que la fantasía que habíamos susurrado en la oscuridad estaba a punto de volverse carne.
Cuando salí del probador con esa minifalda diminuta, mi marido ya le había explicado las reglas al encargado. Solo me quedaba salir y dejarme mirar.
Una pelirroja bailaba descalza en la cala vacía mientras su novio cambiaba la canción. Dos socios casados cruzaron una mirada y supieron que esa noche habría peaje.
Sobre la almohada encontré un sobre con una dirección, una hora y una frase que me hizo temblar. No sabía que él lo había organizado todo.
Cuando el paquete llegó con la muñeca equivocada, el doctor estuvo a punto de devolverla. Entonces entró su nueva paciente y todo cambió.
Marcos le dijo que sería una noche diferente. Lo que Laura no sabía era que sus amigos iban a apostar fichas para ganar favores con ella.
Ernesto llevaba años sin mirarme así. Entonces llegaron los vecinos de enfrente y en una cena encendieron algo que creíamos dormido para siempre.
Cuando levanté la vista hacia la puerta del cuarto y vi esa rendija de luz, supe que su hija había estado mirando desde el principio.
Semanas antes habíamos apostado en una partida de cartas. Quien perdiera tendría que cumplir la fantasía más oscura del otro. Él perdió. Y yo estaba a punto de cobrar.
Cuando entró en aquella habitación oscura de la mano de un desconocido, supe que tenía dos opciones: dar media vuelta o seguirla. Tomé la peor de las dos.
Cuando me dijo que quería mirar, puse el teléfono contra el velador, encendí la cámara y lo dejé ver cada segundo de lo que pasó esa noche.
Lucía se subió la falda sin mirarme, como si ya hubiera decidido por los dos. El extraño sonrió y cerró la puerta del baño con llave.
Cuando los primeros gemidos cruzaron la puerta del 412, todavía sostenía la cubeta de champán con las dos manos. Diez minutos después ya no pensaba en el hotel.
Fuimos a la playa nudista a relajarnos. Lo que empezo con miradas furtivas termino con ella gimiendo entre desconocidos mientras yo no podia dejar de mirar.
Aparcamos lejos de todo y caminamos hasta un banco entre los árboles. Yo no sabía que alguien iba a vernos, ni que esa idea me iba a poner aún más cachonda.
A las cinco de la mañana, el pasillo de mi casa debería estar vacío. Pero ahí estaba yo, con la espalda en la pared, sin poder moverme ni querer hacerlo.
Era ginecólogo. Llevaba años durmiendo solo. Hasta la mañana en que una paciente entró al consultorio con la cara exacta de la muñeca que ocultaba en su cuarto.
Ella ya sabía cómo vestirse cuando me esperaba en la puerta. Sin ropa interior, el vestido corto, y esa sonrisa que prometía que la noche iba a ser larga.