Lo que pasó en la sauna nunca debió suceder
Cuando su mano rozó mi muslo por segunda vez ya no fue accidente. Las burbujas del spa lo ocultaban todo y ella lo sabía perfectamente.
Cuando su mano rozó mi muslo por segunda vez ya no fue accidente. Las burbujas del spa lo ocultaban todo y ella lo sabía perfectamente.
Diego me escribía mensajes cariñosos mientras yo, dentro de ese jacuzzi, sentía las manos de Sergio en mi cintura y empujaba el culo contra él.
Llegamos sin saber qué nos esperaba. Salimos siendo distintos. Una finca, siete hombres y un desconocido que decidió que yo sería suya esa noche.
Cuando el sol empezó a hundirse, ella me pidió que me apartara y mirase. Y entonces se quitó la parte de arriba del biquini frente a sus dos amigas.
Aquella noche en el hotel descubrí que el deseo no entiende de promesas. Mi marido me ofreció en bandeja a su mejor amigo, y yo me dejé entregar.
Subir a un auto desconocido y ofrecer mi boca como pago era el plan. Pero cuando los pinos se movieron, supe que esa tarde alguien iba a ver más de lo que yo había pagado.
Cuando me hizo cambiarme el vestido blanco por el negro corto, supe que la cena no iba a ser una cena cualquiera y que mi marido había planeado algo más.
Cerré los ojos en el banco del paseo y separé las piernas un poco más. El viento hizo el resto. Sabía que me miraban y eso era exactamente lo que buscaba.
Bajé por agua de madrugada y escuché su voz desde la habitación. No estaba sola. Y lo que vi después me cambió para siempre.
Llegué al hotel temblando, convencida de que solo serían fotos. Cuando entró el segundo hermano, supe que esa noche no iba a terminar como había planeado.
Llevábamos veinte años siendo amigos y esa tarde, apoyados en la barra del chiringuito, confesamos en voz alta algo que ninguno creía que llegaría a decir nunca.
Llevas años tragando suspiros a medianoche. Esa noche alguien te estaba mirando desde la puerta, y tu cuerpo lo supo antes que tú.
Rodrigo me dijo que serían seis. Yo me levanté y me fui. Nueve días después le devolví la llamada para decirle que había pensado y que sí.
Salí a hacer unos trámites con el chico de mi primera vez. No imaginé que terminaría el día llenada dos veces y sin haberme corrido ninguna.
Cuando abrí la puerta esa noche, ellos no sabían que yo ya tenía el sabor de su amigo en la boca y un plan calculado en cada movimiento de mis caderas.
El trato era simple: si llegaba hasta el garaje sin que nadie la viera, la recompensa sería inolvidable. Pero el edificio nunca estaba del todo vacío.
Me senté en el murete frente al mar, separé las piernas y dejé que el viento hiciera el resto. Seis desconocidos vieron todo. Los necesitaba a todos.
Le di permiso para estar con otro. Lo que no esperaba era quedarme pegado al telefono, escuchando todo, sin poder colgar.
Dejé la cortina entreabierta a propósito. Ella lo sabía y no dejó de mirar. Así empezó todo: observándonos desde lejos antes de que la distancia dejara de importar.
Cuando la vi en la puerta, supe que esa cena no iba a terminar como cualquier otra. Vera tenía esa mirada que lo decía todo sin decirlo.