La novia de mi mejor amigo me buscó en la madrugada
Cada mañana la recogía para ir a trabajar. Esa madrugada, en mitad del campo, descubrí que ella ya no podía seguir disimulando lo que sentía cuando me miraba.
Cada mañana la recogía para ir a trabajar. Esa madrugada, en mitad del campo, descubrí que ella ya no podía seguir disimulando lo que sentía cuando me miraba.
Tenía la casa para mí sola, cuatro tragos en el cuerpo y la certeza de que cuatro hombres me observaban desde el andamio. No iba a desperdiciar la mañana.
Rodeé la cabaña por el lado del cuarto de bombas y vi la mano de mi mujer dentro del bóxer mojado de Marcos. Y no pude moverme de los arbustos.
La cama crujía al ritmo de unos gemidos contenidos. Caminé descalzo hasta la rendija de la puerta de Camila, y lo que vi me dejó clavado al piso una hora entera.
Llevaba todo el día excitado e inquieto. Cuando ella apareció en el estacionamiento con la misma gabardina que mi mujer, supe que esa noche cambiaría todo para los tres.
La imagen era nítida: ella recostada en la reposera de él, en bikini, con una sonrisa que no era para mí. Lo que vino después me dejó sin habla.
Fui al gimnasio sin sujetador y el entrenador lo notó enseguida. Lo que vino después fue el trío más intenso que he tenido, aunque no fue real.
Pablo y Laura llegaban al resort pensando en tenis. Ocho adultos, una terraza con vistas al mar y una botella de vino de más cambiaron todos los planes.
Cada vez que Marcos encendía la cámara, creía que controlaba el juego. Esa noche, al abrir la puerta, descubrió que siempre había sido la pieza que otros movían.
Cuando su mano rozó mi muslo por segunda vez ya no fue accidente. Las burbujas del spa lo ocultaban todo y ella lo sabía perfectamente.
Diego me escribía mensajes cariñosos mientras yo, dentro de ese jacuzzi, sentía las manos de Sergio en mi cintura y empujaba el culo contra él.
Llegamos sin saber qué nos esperaba. Salimos siendo distintos. Una finca, siete hombres y un desconocido que decidió que yo sería suya esa noche.
Cuando el sol empezó a hundirse, ella me pidió que me apartara y mirase. Y entonces se quitó la parte de arriba del biquini frente a sus dos amigas.
Aquella noche en el hotel descubrí que el deseo no entiende de promesas. Mi marido me ofreció en bandeja a su mejor amigo, y yo me dejé entregar.
Subir a un auto desconocido y ofrecer mi boca como pago era el plan. Pero cuando los pinos se movieron, supe que esa tarde alguien iba a ver más de lo que yo había pagado.
Cuando me hizo cambiarme el vestido blanco por el negro corto, supe que la cena no iba a ser una cena cualquiera y que mi marido había planeado algo más.
Cerré los ojos en el banco del paseo y separé las piernas un poco más. El viento hizo el resto. Sabía que me miraban y eso era exactamente lo que buscaba.
Bajé por agua de madrugada y escuché su voz desde la habitación. No estaba sola. Y lo que vi después me cambió para siempre.
Llegué al hotel temblando, convencida de que solo serían fotos. Cuando entró el segundo hermano, supe que esa noche no iba a terminar como había planeado.
Llevábamos veinte años siendo amigos y esa tarde, apoyados en la barra del chiringuito, confesamos en voz alta algo que ninguno creía que llegaría a decir nunca.