Mi marido negoció mi precio con el dueño del club
Cuando me contó que había negociado mi precio sentado en la barra, debí indignarme. En cambio sentí que el coño me temblaba imaginando la escena.
Cuando me contó que había negociado mi precio sentado en la barra, debí indignarme. En cambio sentí que el coño me temblaba imaginando la escena.
Cada mañana se iban juntos a clase de surf y volvían demasiado unidos. Yo solo miraba, hasta que una noche en el porche dejé de querer mirar.
Mariana se ajustó los tirantes frente al espejo mientras Esteban sonreía desde el sofá. Esa noche había invitado a alguien más, y no pensaba decírselo todavía.
Llegué a esa cena pensando en una copa de vino y una escapada al campo después. Terminé arrodillada frente a un desconocido mientras mi amante miraba.
Llevaba un mes diciéndome que su marido fantaseaba con verla con otro. Esa noche dejé de escucharla hablar y la llevé donde todo podía pasar de verdad.
«La decisión es tuya, tú decides.» No me pude quitar esa frase de la cabeza en toda la semana, mientras mi cuerpo ya había decidido por mí.
Tenía el presupuesto justo y mi novio me ofreció la casa de su tía. Lo que no sabía era que su primo iba a convertir esa semana en algo que jamás le conté.
La tenía catalogada como inaccesible: la directora altiva que paralizaba mi hipoteca. Hasta que la vi entrar al club del brazo de su marido, dispuesta a todo.
Cuando abrió la puerta de mi estudio supe que no venía por la herencia. Venía por lo que dejamos a medias hace diez años, y yo llevaba todo ese tiempo esperándola.
Empezó con una amenaza por un rumor falso. Terminó con su marido de rodillas en la arena, suplicándome que cumpliera el deseo que nunca se atrevió a confesar.
Llevaba quince años saludándolo en la playa sin imaginar lo que aquel hombre veía cada noche, a través del cristal del baño, mientras yo me creía a solas.
Pensé que la había puesto en su sitio. Esa tarde, al salir del baño, oí una cremallera bajándose detrás de la puerta entornada del despacho.
Subí a usar el baño y él me estaba esperando con la bragueta abierta. Lo que no calculé fue que alguien iba a abrir la puerta justo cuando estábamos en cuatro.
Compartía piso con dos universitarias que iban medio desnudas por casa sin ningún pudor delante de mí. Tardé semanas en entender por qué.
Bruno me presentó a sus amigos con una sonrisa cómplice y, antes de que entendiera nada, supe que esa noche no iba a salir de la cabaña siendo la misma.
Llevaba once años casado con ella y creía conocerla entera. Esa madrugada, con mi mejor amigo todavía en casa, descubrí un lado suyo que jamás imaginé.
Me bajé descalza de la camioneta, en tanga, con las luces de algún coche lejano cruzando la carretera. Y supe que esa era la imagen que había venido a buscar.
Me había llevado al dormitorio sin dejarme soltar la bolsa de la compra. Para cuando entendí lo que tramaba, ya estaba atado a la silla y sonaba el timbre.
Todo el mundo se vestía para volver al aparcamiento; ella, en cambio, se quitó lo poco que llevaba puesto y se quedó mirando fijamente al extraño entre los pinos.
Nunca había estado con una mujer, y la primera sería la chica que veía cada noche en pantalla, rodeado de cámaras que lo grababan todo.