Lo que empezó entre dos terminó siendo cosa de tres
Adrián creía que solo subía a casa de un amigo. No contaba con que Lucas estuviera despierto en el salón, ni con las ganas que llevaba toda la noche aguantando.
Adrián creía que solo subía a casa de un amigo. No contaba con que Lucas estuviera despierto en el salón, ni con las ganas que llevaba toda la noche aguantando.
Subí a la lavandería sin hacer ruido, miré por la ventana y allí estaba mi madre en su cama, con un hombre que yo nunca había visto en mi vida.
Solo quería tomar el sol desnuda en una cala tranquila. No conté con los gemelos, sus amigos y un balón que el viento traía una y otra vez hacia mí.
Crucé el salón con el corazón desbocado, me arrodillé junto a ella y supe que después de esa noche mi madre dejaría de mirarme como a la pequeña de la casa.
Se reía de ellos, desnuda y triunfante, convencida de que los había usado. No vio el odio crecer en sus miradas hasta que fue demasiado tarde.
Cuando el menor de los breteles de Carla cayó del hombro frente a los dos hombres, supe que esa nochevieja ninguno de nosotros iba a dormir solo.
Sentado en el sofá, con el whisky en la mano, comprendí que ya no necesitaba participar: me bastaba con mirar cómo otro hacía lo que yo había dejado de hacer.
Desperté en otro camarote, con el sabor de dos hombres en la boca y la certeza de que ya no había vuelta atrás. Quedaban veinticuatro horas de crucero.
Cuando bajé al lobby buscando escapar de la fiesta corporativa, no esperaba al camarero que me miraría como si supiera exactamente lo que yo necesitaba esa noche.
«Aquí podemos hacer lo que queramos. Nadie nos conoce, nadie nos juzga.» Lo dijo con una copa en la mano, y supe que el verano iba a cambiarlo todo.
Bastó subirle la falda en lo alto del laberinto para que las cámaras de los desconocidos dejaran de apuntar a las ruinas y empezaran a seguirla solo a ella.
No teníamos traje de baño ni toallas, solo vapor y una puerta que se abrió cuando ya estábamos desnudos. Lo que pasó después no lo planeamos.
Encendí ese teléfono solo para borrarlo antes de regalarlo. Lo que encontré dentro me dejó vigilando una intimidad que ya no era mía.
Marina estiró la mano hacia él desde el sofá, la palma abierta, una invitación que no decía nada y lo decía todo. Tomás dejó el vaso y se levantó del sillón.
Abrí las cortinas a las dos de la tarde con el pelo todavía mojado y pensé que nadie en mi pueblo se atrevería a mirar hacia mi ventana al mediodía.
Diego entró detrás de mí al baño del bar y echó el pestillo. Yo sabía perfectamente lo que iba a pasar y, a esas alturas, ya no me quedaban fuerzas para detenerlo.
Cuando entró desnuda en su habitación, con solo la blusa puesta y aquellas caderas blancas balanceándose, comprendí que ya no podría dormir en esa casa sin pensar en ella.
Cuando bajó al garaje con la excusa de un destornillador, Carolina ya sabía que no iba a subir igual. Hugo apagó el cigarro y la miró como nadie la miraba desde hacía años.
Llevaba meses cruzándola por la mañana, cada uno con su pareja en casa. Esa mañana llovía a cántaros, ella salió sola, y la mirada que me devolvió lo cambió todo.
Eran las tres de la madrugada cuando le pedí que se quitara el vestido en plena esquina. Pasó un taxi. Después pasó todo.