Mi vecina quiso que yo fuera su primera vez
Me había dicho mil veces que yo le gustaba; esa noche bajó con vino, apagó el televisor y dijo lo que llevaba dos años queriendo decirme.
Me había dicho mil veces que yo le gustaba; esa noche bajó con vino, apagó el televisor y dijo lo que llevaba dos años queriendo decirme.
Tenía 19 años, una botella de licor barato en la mano y la certeza de que esa noche todo cambiaría. Lo que no sabía era que cambiaría en la dirección equivocada.
Empecé el diario porque no pasaba nada en mi vida y lo cerré porque empezó a pasar todo. Entre prácticas firmadas y un chico que sabía esperar, dejé de ser la misma.
Cuando crucé el pasillo, escuché crujir bajo mis pies cada uno de mis tabúes. Llegué a su puerta sin ropa, solo con el cabello sobre los hombros.
Entré en su habitación y lo encontré con los ojos llorosos. Iba a cancelar la visita de su novia por miedo a su primera vez. No pude dejarlo así.
Cuando se encendió la cámara, ella ya esperaba a los dos chicos sentada en el sofá. Yo no podía apartar la vista ni dejar de tocarme mientras los oía gemir.
Cuando volví del baño, mis dos hermanos la tenían acorralada en el centro del salón, y en su mirada no había sorpresa: había una sonrisa que llevaba meses esperando ese momento.
Le di permiso para salir con los dos la misma tarde. Cuando volvió al estacionamiento, todavía traía las marcas de uno y a las siete y media tenía cita con el otro.
Eran las tres de la mañana cuando me asomé a la habitación de mis padres y vi a mi padre frente al televisor. No me fui. Me quedé mirando.
Sentí a mi melliza moverse en la ducha. Cuando entré al baño, vi su bombacha tirada en el piso, y todo se complicó esa misma mañana.
Llevaba años fingiendo que no miraba los pechos de mi hermana. Aquella tarde, los tres metidos en la bañera, dejé de fingir.
Salí del apartamento con mi hijo mayor convencida de que era la decisión correcta. La cámara ya estaba puesta. Solo quedaba esperar y mirar.
Cuando saqué el juguete del cajón aquella noche, ya no era la chica torpe de la primera vez. Sabía qué quería. Y por una vez, iba a tomármelo con calma.
Sabía perfectamente lo que hacía debajo de esa manta. Y yo decidí no apartarme. Lo que vino después cambió la dinámica entre nosotros para siempre.
Consuelo nunca iba al cine. Eligió la butaca del fondo y la oscuridad más completa. No sabía que esa película iba a mostrarle lo que llevaba décadas negándose a sentir.
Cuando la casa quedó vacía por fin, saqué el body rojo, el tequila y el espejo grande. Sabía exactamente cómo iba a pasar esas horas.
Me pregunto si algo falla en mí. Estoy dentro de ella y mi mente ya se fue: otro hombre, haciéndola gemir de una forma que yo nunca he logrado.
Sabía que esa noche iba a ir demasiado lejos. Lo sentí desde el principio, y aun así no pude parar hasta ver hasta dónde llegaba mi propio cuerpo.
Propuso echar un polvo mirando el horizonte, con el campo solo para nosotros y la luz del atardecer cayendo lenta. No lo dudé ni un segundo.
Necesitaba sentirme deseada. Bastó encender la cámara y dejar que los ojos de cientos de extraños me recordaran lo que valía.