La mascota de la familia: mi día de sumisión
Cada mañana me despierto en mi jaula con los vibradores puestos, esperando que el amo baje por mí. Hoy será un día muy largo.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Cada mañana me despierto en mi jaula con los vibradores puestos, esperando que el amo baje por mí. Hoy será un día muy largo.
Había aceptado sus juegos de dominación antes. Pero lo que me pidió esa noche por teléfono era diferente a todo lo anterior. Y aun así, no colgué.
Llegué a su casa con tacones y un abrigo largo sobre la lencería. Él me esperaba con el rollo de plástico en la mano y una sonrisa que prometía no dejarme escapar.
No me los limpié. Salí del hotel con su leche entre los dedos y recorrí la ciudad entera así, sintiendo que era suya con cada paso.
Cuando colgué el teléfono, tenía las manos temblando. Una clínica de disciplina extrema. Un año encerrada, sin salida. Y yo había dicho que sí.
Hay clientes que pagan por placer y hay clientes que pagan por poder. Aprendí la diferencia demasiado tarde, cuando ya tenía las cicatrices para demostrarlo.
La escena de la serie duró diez segundos. Suficientes para que ella entendiera todo lo que yo llevaba meses sin poder decirle.
Mateo describió su fetiche como quien lee una receta: desnudarla, envolverla en plástico, abrir agujeros donde quisiera. Y supe que iba a pedirle que me lo hiciera a mí.
Llevo años siendo la fiera en la cama. Los hombres me temen o me complacen. Nadie me había atado. Nadie hasta que le di mi correo a aquel desconocido del chat.
La minifalda apenas cubría mis nalgas cuando salí del probador. Diego sonrió al dependiente y le hizo una seña que yo no debía entender, pero entendí.
Cuando entré en aquella aula clausurada del subsuelo, todavía pensaba que era un simulacro. La sonrisa de Tomás me dijo que me había equivocado en todo.
Colgado de puntillas con el cuello mordido por dientes de metal, el cautivo esperaba la muerte cuando la sanadora encontró el resquicio entre la orden y la piedad.
Cuando mi marido propuso compartirme con un desconocido, pensé que solo sería un juego. No imaginé que las reglas las pondría él, una por una, mientras yo aprendía a obedecer.
Por las mañanas era la esposa invisible de siempre. Por las noches escribía lo que no me atrevía a pedir. Hasta que alguien lo leyó y decidió dármelo.
Llegué al complejo buscando un cuerpo que obedeciera sin preguntar. Lo que encontré esa tarde superó todo lo que había imaginado.
Me arrodillé frente a ella en el suelo del patio, con sus zapatillas en las manos y su mirada clavada en mí. El sabor era lo de menos.
Llevaba meses buscando ese barro perfecto que la absorbiera entera. Cuando por fin lo encontró, supo que aquella tarde iba a ser diferente.
Mateo me había hablado de esa finca semanas atrás, pero ninguna palabra suya pudo prepararme para lo que Rodrigo y Esteban iban a hacerme al cruzar el portón.
Le dije que confiaba en él con los ojos cerrados. No sabía que esa frase la tomaría tan literal esa noche de sábado, con tres desconocidos en su cuarto.
La primera vez que me contó su fantasía, terminé tocándome en su baño. La segunda vez, me ofrecí yo misma como conejillo de indias y crucé la puerta con la lencería puesta.