La fantasía que lo dejó deshecho en el sofá
Me senté encima de él y empecé a contarle mi fantasía más sucia. Con cada detalle que añadía, lo veía deshacerse un poco más.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Me senté encima de él y empecé a contarle mi fantasía más sucia. Con cada detalle que añadía, lo veía deshacerse un poco más.
Me dijo que reservara el sábado. Sin detalles. Cuando llegué a su departamento y vi el traje de látex sobre la cama, entendí que la noche sería diferente.
Llegué solo por curiosidad, prometiéndome que sería una copa y ya. Pero cuando la puerta se abrió antes de que tocara, entendí que él llevaba horas esperándome.
Lo que empezo como un juego en el balcon se convirtio en una espiral de exhibicionismo, sumision y deseo que ninguno de los dos quiso frenar.
Cuando entró a la habitación pensaba que iba a ser otra noche más. No había visto la mochila que dejé sobre la silla, ni la cuerda asomando del cierre.
Nueve horas para mi vuelo y no había ni una cama libre en todo el aeropuerto. Entonces ella me miró desde su mesa y preguntó: «¿Te apetece sentarte conmigo?»
Desperté atado en un sótano, desnudo y a merced de la mujer a la que investigaba. No sabía que en pocas horas sería yo quien sostendría el látigo.
Cuando sus ojos se clavaron en los míos y señaló el suelo, entendí que esa noche el ritual sería distinto. Más intenso. Más íntimo.
Cuando Elena abrió las puertas, el olor a carne quemada le llegó antes que la imagen. Dos cuerpos rotos, un trabajo sucio y una guardia dispuesta a impedirlo.
Clara jugó con la llave entre sus dedos y me miró desde el sofá. Yo sabía lo que venía. Y lo peor era que una parte de mí lo deseaba.
Sobre la cama había un conjunto de látex negro y unos tacones en mi talla. Esa noche, Rodrigo no me explicaría nada. Solo me ataría y lo que vendría después cambiaría todo.
Treinta segundos de distracción detrás del volante me costaron mucho más que una multa. Esa noche aprendí lo que significa pertenecer a alguien.
Desperté esposado al techo de una sala llena de látigos y argollas. Dos mujeres querían doblarme. Nadie les avisó que yo aprendía rápido.
Llevaba meses insistiendo con aquella fantasía. Cuando me dijo que ya lo había arreglado todo con el club, supe que no podría echarme atrás.
Entré sola, me desnudé despacio y pulsé el botón. Al otro lado de la puerta había ocho hombres esperando mi señal. Nunca había sentido tanto miedo y tanto deseo a la vez.
Trece kilómetros a pie, medias gruesas y zapatillas cerradas. Esa noche iba a darle el regalo que le había preparado desde que subí al avión.
Rodrigo gateaba detrás de sus tacones por los pasillos del castillo, desnudo y con el collar apretándole la garganta. Ese era el desayuno de la reina.
Para cuando Sebastián terminó de describirme el proceso, yo ya tenía que inventarme una excusa para ir al baño. Nunca imaginé que al día siguiente lo pediría yo.
Cuando mi tía Amparo abrió la puerta del baño de golpe y me encontró espiándola, supe que mi secreto más oscuro había quedado al descubierto.
Cuando Marcos me describió cómo envolvía a sus amantes en film stretch, tuve que escaparme al baño. No por lo que creen.