El esclavo del pilar y la mano que lo salvó
Rodrigo colgaba del poste de los condenados cuando Catalina cruzó el umbral. La guardia Nora ya tenía la mano en la daga. Había reglas que nadie rompía en ese castillo.
Rodrigo colgaba del poste de los condenados cuando Catalina cruzó el umbral. La guardia Nora ya tenía la mano en la daga. Había reglas que nadie rompía en ese castillo.
Arrodillada frente a la cama, mojada y sin permiso para ducharse, Valeria empezó a entender que ser esclava no era solo follar: era aprender a hablar.
Me prometieron una transformacion. Lo que encontre fue un infierno de sumision, castigo y humillacion donde mi cuerpo dejo de ser mio.
La presentaron a la casa como a una más, pero cuando la puerta de la habitación del Amo se cerró detrás de ella, Elena supo que nada la había preparado para esto.
Cuando colgué el teléfono, tenía las manos temblando. Una clínica de disciplina extrema. Un año encerrada, sin salida. Y yo había dicho que sí.
Empecé a cruzar las piernas en clase solo para ver qué hacía. Tres días después, él tenía mi tanga guardada en su portafolio.
Llevo años siendo la fiera en la cama. Los hombres me temen o me complacen. Nadie me había atado. Nadie hasta que le di mi correo a aquel desconocido del chat.
Sabía que habría consecuencias por llegar tarde. Lo que no sabía era que Marcos había planeado algo mucho peor que un castigo.
Colgado de puntillas con el cuello mordido por dientes de metal, el cautivo esperaba la muerte cuando la sanadora encontró el resquicio entre la orden y la piedad.
Por las mañanas era la esposa invisible de siempre. Por las noches escribía lo que no me atrevía a pedir. Hasta que alguien lo leyó y decidió dármelo.
Llegué al complejo buscando un cuerpo que obedeciera sin preguntar. Lo que encontré esa tarde superó todo lo que había imaginado.
Mateo me había hablado de esa finca semanas atrás, pero ninguna palabra suya pudo prepararme para lo que Rodrigo y Esteban iban a hacerme al cruzar el portón.
Había negociado los términos por mensajes de voz. Al cruzar la puerta de la casa, supo que la negociación había terminado para siempre.
Marcos me dijo que tenía dos opciones: la demanda o su puerta a medianoche. Fui un idiota y elegí la segunda. O quizás no era tan idiota.
La cláusula séptima decía: firmar es consentir, consentir es convertirse en material. Lo entendí cuando ya era demasiado tarde para salir.
Cuando abrió los ojos estaba inmovilizado sobre una mesa fría. Cinco figuras con delantal blanco lo rodeaban y la líder sostenía algo que brillaba.
Desperté atado en una sala llena de cadenas y cámaras. Lo que ella no sabía era que yo había aprendido a fingir el desmayo mejor de lo que parecía.
Cuatro copas de vino y Rodrigo empezó a hablar. Lo que salió de su boca esa noche cambió las reglas entre ellos para siempre.
Estaba concentrado en la partida, el micrófono abierto, sus amigos al otro lado. Yo entré descalza, sin que me oyera, y me arrodillé.
Ella no podía moverse mientras yo controlaba el mando en el bolsillo. A nuestro alrededor, mil extraños celebraban el Carnaval sin sospechar nada de lo que ocurría bajo el terciopelo.