Volví a la casa de mi amigo y su hermano ya me esperaba
Llevaba años cruzándome con él en esa casa. Sabía cómo me miraba, sabía lo que sentía cada vez que me rozaba. Esa tarde dejé de fingir que no lo deseaba.
Historias reales contadas en primera persona
Llevaba años cruzándome con él en esa casa. Sabía cómo me miraba, sabía lo que sentía cada vez que me rozaba. Esa tarde dejé de fingir que no lo deseaba.
Había algo pendiente de esa primera noche bajo el puente. Mi cuerpo lo recordaba. Una semana después, mis pies me llevaron solos.
Apagaron las luces del bus y él puso su mano sobre la mía. Nadie entre los pasajeros dormidos sabía lo que estaba ocurriendo debajo de esa cobija.
Rodrigo no sabe todo lo que pasó ese viaje. Solo la versión que elegí contarle. La verdad es más oscura, más deliciosa.
Tres días después, volvió al club antes de tiempo. Ella llegó última, cerró la puerta, y el clic de ese pestillo fue la única señal que necesitaron.
Me detuvieron a las cuatro de la mañana y creí que todo estaba perdido. No imaginaba lo que mi abogada haría cuando entrara a esa celda a solas conmigo.
Abrí el cajón con el corazón desbocado. Había encaje, había hilo, había una mujer esperando dentro de esa ropa que nunca había sido mía. Esa tarde todo cambió.
Los niños ya dormían a tres metros. Yo no podía hacer ruido. Pero cuando sus manos subieron por debajo del pijama, supe que esa noche no íbamos a dormirnos pronto.
Cuando me senté en el asiento trasero y crucé las piernas, ya sabía que ese taxi no me iba a llevar directamente al hotel. Su mirada en el retrovisor lo dijo todo.
Salí del aparcamiento sin saber adónde íbamos. Ella ya se había abierto el pantalón en el asiento del copiloto y no paraba de respirar fuerte.
La luna iluminaba el arroyo, las luciérnagas revoloteaban a mi alrededor y yo estaba sola en el bosque con mis ganas y un juguete que no había planeado usar.
Solo fue un fueguito en una story de postureo, pero tres horas después ya no llevaba bragas en mi coche.
Tenía los dedos sobre el teclado y un capítulo a medias cuando vibró el teléfono. Su voz al otro lado bastó para que dejara de escribir y empezara a improvisar.
Llevaba todo el día mirándole las piernas en la furgoneta sin saber que esa misma noche ella me esperaría desnuda en un baño termal.
Desperté con las sábanas húmedas por lo que había soñado. Me toqué antes de levantarme. Y el día entero fue igual: el cuerpo con su propia agenda.
Había aceptado sus juegos de dominación antes. Pero lo que me pidió esa noche por teléfono era diferente a todo lo anterior. Y aun así, no colgué.
Hay clientes que pagan por placer y hay clientes que pagan por poder. Aprendí la diferencia demasiado tarde, cuando ya tenía las cicatrices para demostrarlo.
El director me miró de arriba abajo cuando firmé el formulario. Llevaba doce años en esa empresa y sabía exactamente qué tenía que hacer para ganar.
Cuando bajé a la cocina eran las tres de la mañana. Él estaba sentado con una taza en la mano, el torso descubierto, mirándome como si me hubiera estado esperando.
Pensaba que me conocía bien. Valentina tardó apenas tres semanas en demostrarme que estaba completamente equivocado —y yo le estaba infinitamente agradecido.