Conocí a Lucía por internet y vine con mi amigo
Cuando aparcamos las motos frente a su portal, no imaginaba que esa tarde mi mejor amigo y yo terminaríamos compartiéndola en su propio salón.
Cuando aparcamos las motos frente a su portal, no imaginaba que esa tarde mi mejor amigo y yo terminaríamos compartiéndola en su propio salón.
Sabía desde antes de salir lo que iba a hacer. Me subí al primer tráiler que paró y entendí que ese día no iba a terminar pronto.
Había algo pendiente de esa primera noche bajo el puente. Mi cuerpo lo recordaba. Una semana después, mis pies me llevaron solos.
Apagaron las luces del bus y él puso su mano sobre la mía. Nadie entre los pasajeros dormidos sabía lo que estaba ocurriendo debajo de esa cobija.
Cuando me senté en el asiento trasero y crucé las piernas, ya sabía que ese taxi no me iba a llevar directamente al hotel. Su mirada en el retrovisor lo dijo todo.
Llevaba todo el día mirándole las piernas en la furgoneta sin saber que esa misma noche ella me esperaría desnuda en un baño termal.
Cuando me propuso ir al baño juntos, yo llevaba horas esperando que lo dijera. Roma podía esperar. Lo que vino después, no.
Llevaba semanas sin que nadie me tocara. Cuando el chofer me miró por el espejo retrovisor con esa media sonrisa, supe que esa noche no iba a llegar sola a casa.
Hay clientes que pagan por placer y hay clientes que pagan por poder. Aprendí la diferencia demasiado tarde, cuando ya tenía las cicatrices para demostrarlo.
Acordamos las reglas con firmeza: nada de sexo, solo conocerlo. Pero cuando sus manos tocaron la piel de mi novia, entendí que las reglas ya no importaban.
Nadie habló de lo que pasó esa semana. No hacía falta. Las tres sabíamos que algo entre nosotras había cambiado para siempre.
Llevaba semanas sirviendo copas bajo su mirada. Cuando apagó la última luz y le ofreció ayuda para cerrar, supo que esa noche iba a ser diferente.
Pidió que conserváramos su virginidad. Lo que no dijo es que pensaba entregarme algo más íntimo, y mucho más difícil de olvidar.
Todavía con el sabor de su piel en mis labios, supe que aquella noche en el coche iba a cambiar todo lo que creía saber sobre el deseo.
La minifalda apenas cubría mis nalgas cuando salí del probador. Diego sonrió al dependiente y le hizo una seña que yo no debía entender, pero entendí.
Sabía que habría consecuencias por llegar tarde. Lo que no sabía era que Marcos había planeado algo mucho peor que un castigo.
Acepté un paseo y terminé contándole a la doctora de guardia lo que de verdad había pasado en aquella casita de la frontera.
Cuando vi al masajista entrar desnudo a la sala de aceites, supe que aquello no era un regalo de aniversario normal. Y tenía razón.
Habíamos pasado tres semanas sin vernos. Cuando lo recogí en su casa ya sabíamos los dos que no íbamos a terminar en ningún bar.
Cuando mi marido propuso compartirme con un desconocido, pensé que solo sería un juego. No imaginé que las reglas las pondría él, una por una, mientras yo aprendía a obedecer.