La noche en que Rodrigo vendió a su mujer
Valentina reconoció a los tres hombres del comedor: los había saludado en fiestas de empresa. Esta noche, Rodrigo los había traído por otro motivo.
Valentina reconoció a los tres hombres del comedor: los había saludado en fiestas de empresa. Esta noche, Rodrigo los había traído por otro motivo.
Las palomitas se enfriaron pronto. Rodrigo fingía ver la película pero yo sabía que solo tenía ojos para lo que mis manos le hacían a mi novia bajo la manta.
Valeria acababa de conseguir su primer contrato en la industria. Su madre tenía preparada una sorpresa en el motel de siempre, la misma habitación donde todo empezó.
Llevaba años con ese cajón cerrado con llave. Esa mañana lo encontré abierto, y dentro había un disco negro con el nombre de Sofía escrito en rotulador.
Ella abrió la puerta con un vestido que no dejaba nada a la imaginación. Supe que esa cena no iba a ser como las otras, pero no imaginé hasta dónde llegaríamos.
Me dijeron que el cliente era especial. No me dijeron que era el hombre más temido de la ciudad. Ni que en cuanto lo até, empezaría a romperse de verdad.
Hay tardes en que el mejor placer es no hacer nada. Me tumbé en el sofá, abrí los brazos y le dije que fuera ella quien mandara.
Las cuerdas me marcaron la piel de rojo. La culpa me marcó el alma de negro. Y ese hombre seguía buscando la grieta por donde romperme del todo.
Cuando Diego entró al apartamento, Laura no sabía que ese hombre joven y callado le iba a devolver algo que había perdido sin saber exactamente cuándo.
Llevaba meses con esta doble vida, y esa semana era solo mía. Hasta que la puerta del club se abrió y vi entrar al último hombre que debía verme.
La app en el móvil oculto decía tres hombres, un hotel, sin romanticismo. Solo tenía que escribir «sí». Lo hice antes de pensarlo dos veces.
La llevé al médico porque nadie más pudo. En mi casa descubrió algo que su novio nunca le había dado y, cuando lo sintió, quiso mucho más.
Era la mujer de mi colega: cuarenta y pocos, un cuerpo que imponía desde el marco de la puerta. Esa noche también quiso elegir a los dos.
Bajé 22 kilos. Mi cuerpo tiene cicatrices que nunca vi venir. Y cada semana le miento a mi familia con una sonrisa forzada en la pantalla.
Llegó empapado, con las marcas de la última sesión todavía latiendo bajo la ropa. Nadie en la ciudad sabía que el hombre más temido venía a arrodillarse ante mí.
Volvió del trote al atardecer y la encontró en las dunas. No estaba sola. Nunca lo había estado.
Me despertaron con un pitido y tres esclavos desnudos en el pasillo. A las nueve me daban cien azotes. A las diez me encerraban en una jaula.
Cuando la vi bajar por las escaleras envuelta en gasas de colores, con esa mirada de hambre, supe que aquella tarde iba a cambiar muchas cosas.
Cuando Roberto señaló que yo era el marido, el señor Kanamoto sonrió por primera vez. Entendí entonces que mi papel esa tarde no iba a ser el de esposo.
Instaló el escritorio enfrente a propósito, para poder mirarla sin excusa. Cuando el despacho quedó vacío, ninguno de los dos fingió que solo era trabajo.