El abrazo de aquel hombre todavía me persigue
Coordinamos por mensaje durante toda la tarde. Cuando los vi bajar del auto gris, pensé que tenía todo bajo control. No imaginé hasta dónde iba a llegar esa noche.
Coordinamos por mensaje durante toda la tarde. Cuando los vi bajar del auto gris, pensé que tenía todo bajo control. No imaginé hasta dónde iba a llegar esa noche.
Carolina entrecerró los ojos sobre mí y me susurró que quería ver cómo le metía la verga al novio de Sofía. Y yo a ella nunca le he sabido decir que no.
Llevaba meses besándola a escondidas sin que pasara nada más; aquella tarde, con la botella casi vacía, fue ella quien me arrastró hasta la ventanilla del motel.
Encendí la cámara, le pasé el control a mi mujer y supe enseguida que aquella noche no iba a ser yo quien la tocara, sino el que la miraría de rodillas.
Tenía cincuenta años y veinte de matrimonio cuando acepté la invitación de un hombre al que solo conocía por el chat. Me llevó al hotel y nada quedó en su lugar.
Cuando Sebastián entró a mi departamento, pensó que era el rey de la noche. No imaginaba que en mi cartera había algo que iba a invertir los roles antes del amanecer.
Tenía la boca llena de él cuando escuché la puerta. Y entonces apareció ella, con esa media sonrisa que siempre supo decirme todo sin abrir la boca.
Bajé al baño con los tacones en la mano y sin entender todavía lo que sería un día entero saliendo como Luna del brazo de Bruno por aquel pueblo.
Lo de buscar sexo por internet siempre había salido bien, hasta esa tarde de viernes en la habitación 207, cuando entendí que con extraños uno nunca sabe.
Me puso las esposas de terciopelo en las muñecas y el antifaz sobre los ojos. Me dijo que confiara, que iba a gustarme. Yo no sabía cómo decirle que sí.
Cuando bajó del baño con la ropa que le había dejado encima de la cama, supe que esa tarde iba a obedecer cada orden sin rechistar.
Cuando descubrí que mi amante había planeado todo desde el principio, comprendí que mi cuerpo ya no era del todo mío. Y eso me excitó más que nada.
Cuando llamé al timbre de aquella casa de campo, creía que solo me esperaba una cena. Tardé media hora en darme cuenta de que la verdadera prueba aún no empezaba.
Cuando salí de la ducha rasurado y mareado por el ron, lo vi sentado en la cama con un collar rosa y una peluca. Entendí que aquella isla no era refugio: era una trampa.
Cuando abrió la puerta, lo primero que vio fue una mujer desnuda arrodillada frente a mí. Por un segundo dudó. Después soltó la cartera y empezó a desvestirse en silencio.
Cuando bajé las escaleras desnuda, mi cuñada todavía no sabía qué clase de sorpresa le había preparado mi suegro para esa noche.
Rocío me juró que era un bar normal. Cuando vi que en la cola solo había mujeres entendí que no lo era, pero ya era tarde para arrepentirme.
Mi mujer salió con sus «amigas» y yo a casa de Mauricio. Una cámara, dos parejas, y la pregunta de cuál de los dos sería mejor puta esa noche.
Me tomó por sorpresa la primera vez. La segunda, le tendí yo la trampa. Y la tercera fue en su propio despacho, con su familia en la habitación de al lado.
Cada noche que Marcos pasaba mirando sin poder tocar era un escalón más en el descenso. Valeria no lo seducía: lo poseía. Y él no encontraba la salida, ni la buscaba.