Mi vecina me esperaba a cuatro patas en su jardín
Eran las tres de la tarde y ella estaba a cuatro patas en el zacate, descalza, con esa cosa balanceándose por encima de la cintura del pantalón.
Eran las tres de la tarde y ella estaba a cuatro patas en el zacate, descalza, con esa cosa balanceándose por encima de la cintura del pantalón.
Mis amigos me preguntan por qué desperdicio el verano en un pueblo perdido. Si supieran lo que pasa cuando cierro la puerta de la casa del viejo.
Aquella tarde junto a la piscina, los pechos desnudos de su cuñada le encendieron una llama que ya no podría apagar antes del amanecer.
Cuando se probó el brasier nuevo, las manos de su cuñada no buscaban acomodarlo. Buscaban averiguar cuánto podía resistir Sofía sin apartarlas.
Cuando me desató, lo primero que vi fue la mesa de madera con grilletes en cada esquina. Los tres me miraban como si supieran exactamente qué iba a pasar después.
Camila ya estaba sobre la cama cuando entré. Me miró con esa sonrisa de quien sabe algo que tú aún ignoras, y entonces el Amo cerró la puerta detrás.
El sol nos quemaba la piel desnuda mientras Damián me abría sin clemencia, y en el agua, a pocos metros, mi madre descubría que también ella tenía hambre.
Lo planeé desde el primer minuto en que la vi entrar al ático. Cada propuesta era más cara que la anterior, y ella, sin saberlo, ya había dicho que sí con la mirada.
Llevaba tres días sin dormir bien, repitiendo en mi cabeza cada detalle de aquella noche con él. Esa mañana, con el café enfriándose, descolgué el teléfono.
Aquel sábado se acercó a corregirme la postura sin que se lo pidiera. Para el lunes, ya teníamos un trato silencioso y yo había elegido la tanga adecuada.
Cuando giró la cabeza en la cumbre, supe que era ella. La chica de aquella fiesta. Siete años después, su mirada todavía me reclamaba lo que nunca terminé.
Crucé el salón pensando en mi cama. Lo que no esperaba era encontrarlo a él de pie, con esa sonrisa nueva y algo escondido detrás de la espalda.
Cuando bajamos del avión teníamos un cheque y un secreto. El cheque cubría las deudas; el secreto, en cambio, no se borra ni con el tatuaje cubierto.
Llevábamos una semana sin hablarnos cuando me escribió: «Damián viene esta tarde». No supe qué hacer salvo quedarme pegado a la ventana mientras lo veía cruzar la calle.
Cuando vi a Iván levantar el celular y sonreír supe que el simulacro había sido una trampa. Y que no iba a salir entera de aquel subsuelo.
No había hecho nada mal. Aun así, mientras fregaba el suelo de rodillas, sentí que mi cuerpo le pertenecía más que nunca.
Llevaba dos años esperando una llamada suya. Cuando por fin la recibí, supe que iba a obedecer cualquier cosa que me pidiera, por absurda o degradante que fuera.
Cuando la puerta de madera de mi celda crujió pasada la medianoche, supe que era él. Cerré los ojos. No vine al convento huyendo del mundo: vine huyendo de lo que sentía por ese hombre.
Cuando los labios de su amiga rozaron los suyos en un juego de prendas, Lucía no sabía que aquel verano iba a desordenarle la cabeza y el cuerpo entero.
En el bar del aeropuerto solo quedaba un asiento libre. Lo ocupé sin saber que esa pelirroja sentada frente a mí estaba a punto de demolerme la vida entera.