Soy la mascota de la familia y hoy me marcaron
Bruno bajó al sótano y abrió mi jaula. Olvidó quitarme los vibradores. A cada paso se hundían más, mientras subía a desayunar.
Bruno bajó al sótano y abrió mi jaula. Olvidó quitarme los vibradores. A cada paso se hundían más, mientras subía a desayunar.
Vi los videos: mujeres atadas a máquinas, descargas eléctricas, azotes mientras corrían. Y aun así marqué el número. Mi voluntad no daba para más.
Selena llevaba meses moldeándolos hasta convertirlos en mascotas perfectas. Lo que no esperaba era que el comprador llegara con un tercer collar bajo el brazo.
Cuando me puse el antifaz frente al espejo, dejé de ser yo. Lo que pasó después en aquel jardín no se lo conté a nadie hasta hoy.
Tres meses escribiéndonos. Un solo paso para cruzar su umbral. Lo que vino después no fue lo que prometió: fue todo lo que mi cuerpo llevaba meses pidiendo a gritos.
Cuando entré sola en aquella sala impecable y pulsé el interruptor, supe que ya no había vuelta atrás. Los ocho hombres aguardaban al otro lado.
Llevaba tres días sin poder ir al baño cuando entré en esa consulta de lujo. Bajo la bata de la doctora encontré algo que mi cuerpo nunca olvidaría.
Cuando los tacones de la rubia retumbaron en el pasillo y la cadena tiró del collar, Adrián supo que esa mañana iba a aprender lo que es ser propiedad.
Cuarenta y tres grados, las cuatro de la tarde, y ella asomada al balcón con la camisola pegada al cuerpo, sabiendo perfectamente que iba a hacerme subir cinco pisos.
Un año atrás él me llamaba ratita frente a sus colegas. Hoy se arrodilla en tacones rojos para besarme las botas y me dice Señora con la voz quebrada.
Llegué sola al club a las tres y media. Cuando lo vi entre el humo y los kicks, supe que esa madrugada terminaría siendo el secreto que aún no le he contado a nadie.
El pronóstico decía trece grados y nublado. Perfecto para que mis pies se cocinaran todo el día dentro de las zapatillas sin lavar, como a él le gusta.
Creí que podría hacerlo sin sentir nada. Pero mi cuerpo llevaba demasiados años dormido como para obedecerme aquella noche en la suite.
La voz al teléfono dijo que tenía doce horas para presentarme. Colgó antes de que pudiera preguntar nada. Lo que encontré en aquel almacén cambió todo lo que creía saber.
Pensé que seguía manejando el juego hasta que sus manos me sujetaron la cadera y entendí que ya no había vuelta atrás.
Cuando fingí el desmayo supieron que me tenían. Pero fue justo en ese instante cuando la partida cambió de dueño y el gancho empezó a buscar otro cuerpo.
Cuando el aire volvió a mis pulmones y él encendió la cámara roja, supe que aquella noche de dominación apenas empezaba y yo ya no podía retroceder.
Llevaba dos años viendo pasar hombres en la parada, pero cuando él entró con ese paso lento y esa sonrisa, supe que rompería todas las reglas que me había impuesto.
Un año después de la ruptura me arrastré hasta el gimnasio. En la séptima sesión, mi entrenadora cerró la puerta del vestuario y me ofreció algo que no estaba en ningún paquete.
Cuando fui al parque a enfrentarme al chico que extorsionaba a mi hijo, no imaginé que sería yo quien acabaría pagando el precio más íntimo.