La noche que me dejé llevar por un desconocido en el spa
Su voz me derritió antes de que sus manos me tocaran. Nunca pensé que un desconocido en un spa me haría sentir tan expuesta y tan libre al mismo tiempo.
Su voz me derritió antes de que sus manos me tocaran. Nunca pensé que un desconocido en un spa me haría sentir tan expuesta y tan libre al mismo tiempo.
Cuando llegué al apartamento solo esperaba fotos. No sabía que en ese cuarto me esperaban dos hermanos con una propuesta muy diferente.
Cuando Elena abrió las puertas, el olor a carne quemada le llegó antes que la imagen. Dos cuerpos rotos, un trabajo sucio y una guardia dispuesta a impedirlo.
Clara jugó con la llave entre sus dedos y me miró desde el sofá. Yo sabía lo que venía. Y lo peor era que una parte de mí lo deseaba.
Todo empezó la noche en que descubrí que mi madre llevaba meses acostándose con el hombre del que yo estaba enamorada.
Llegó con su mochila al hombro y se encerró en el baño. Cuando salió, la sonrisa ya prometía que esa noche iba a desordenarme la vida entera.
Sobre la cama había un conjunto de látex negro y unos tacones en mi talla. Esa noche, Rodrigo no me explicaría nada. Solo me ataría y lo que vendría después cambiaría todo.
Treinta segundos de distracción detrás del volante me costaron mucho más que una multa. Esa noche aprendí lo que significa pertenecer a alguien.
Antes de que sonara el timbre, me arrodillé frente a él en la cocina. Quería abrir la puerta con su sabor todavía en mis labios y darles la bienvenida con una sonrisa cómplice.
Desperté esposado al techo de una sala llena de látigos y argollas. Dos mujeres querían doblarme. Nadie les avisó que yo aprendía rápido.
La llave de mi jaula colgaba entre sus pechos esa noche, y supe por su sonrisa que iba a usarla delante de todas. Yo solo podía tragar saliva y rezar.
Cuando Lucía corrió la cortina del probador detrás de nosotras, supe que el vestido verde no iba a salir intacto. Y que yo tampoco saldría como había entrado.
Trece kilómetros a pie, medias gruesas y zapatillas cerradas. Esa noche iba a darle el regalo que le había preparado desde que subí al avión.
El mensaje llegó la noche anterior: «Mañana serás mi profesora. Trae uniforme». Me quedé con el teléfono en la mano, sin poder dormir.
Llevaba semanas yendo al mismo gimnasio aburrida, hasta que el dueño apareció: cuarenta y pico, brazos marcados, con esa calma que intimida más que cualquier gesto.
Valentina sonreía desde el primer momento como quien ya sabe cómo termina la historia. Marcos lo entendió cuando ella se bajó la ropa interior.
Rodrigo gateaba detrás de sus tacones por los pasillos del castillo, desnudo y con el collar apretándole la garganta. Ese era el desayuno de la reina.
Lo que empezó como un juego compartido se convirtió en algo que ninguno habíamos previsto: un hombre que llegó como invitado y se quedó con todo.
Para cuando Sebastián terminó de describirme el proceso, yo ya tenía que inventarme una excusa para ir al baño. Nunca imaginé que al día siguiente lo pediría yo.
Cayeron en el mismo accidente sin conocerse. Cuando abrieron los ojos en el más allá, supieron sin decir nada qué querían hacer con la eternidad.