Dos semanas pensando en él y lo encontré en la esquina
Bastó un mensaje para que cancelara la noche. Lo encontré en la esquina de la casa de Sofía y supe exactamente dónde iba a terminar.
Bastó un mensaje para que cancelara la noche. Lo encontré en la esquina de la casa de Sofía y supe exactamente dónde iba a terminar.
Subí al taxi con la blusa pegada al cuerpo y los tacones en la mano. Solo quería llegar al hotel. Los ojos del conductor en el retrovisor decidieron otra cosa por mí.
Cuando entré a su apartamento, el aroma a café recién hecho era lo único inocente que quedaba en ese lugar. Supe que no saldría igual.
Decirle que sí fue sencillo en la oscuridad del cuarto. Enfrentarme a ocho hombres desnudos en aquella sala privada fue otra historia.
El mensaje llegó la noche anterior: a las diez en punto, vestida de profesora. Cuando abrí la puerta, supe que esa mañana de febrero iba a marcarme para siempre.
Cuando escuchó el clic del cerrojo a sus espaldas, Camila entendió que esa reunión no iba a parecerse en nada a las anteriores.
El trato era simple: si llegaba hasta el garaje sin que nadie la viera, la recompensa sería inolvidable. Pero el edificio nunca estaba del todo vacío.
Querían humillarlas frente a sus hijos. No contaban con que Beatriz tenía cinturón negro, ni con que Silvia siempre llevaba cuerda en el bolso.
Cuando Vicky tocó el timbre esa noche ya sabía que algo había pasado. Tenía la mirada turbia y ese gesto de quien necesita contarlo todo antes de explotar.
Tres días resistí antes de marcar su número. Cuando lo oí contestar, supe que nada de lo que me había prometido a mí misma durante esos días importaba ya.
Lo vi al mediodía en la cafetería de la costa. Esa noche estaba en la puerta del club con la chapa de seguridad, y supe que no me iría sin probarlo.
Desperté maniatado en una sala con argollas en las paredes y dos mujeres dispuestas a hacerme hablar. Cometieron un error: me dejaron solo con sus propios instrumentos.
Mis amigos no entendían por qué pasaba tres meses en un pueblo sin vida. Nunca les dije la verdad: que mi abuelo me esperaba con algo más que la cena.
Tres compañeros de oficina la invitaron a quedarse después de las diez. No sabían que Camila tenía sus propias reglas para esa clase de noches.
Las muñecas sujetas al techo, el cuerpo expuesto y él mirándome con calma. Juré que no cedería. Nunca había estado tan equivocada.
Llegamos al motel calientes y llenos de expectativas. La fiesta no fue la orgía prometida, pero Miguel sabía exactamente cómo hacerme olvidar todo eso.
Me advirtieron que era una amargada, que odiaba a los hombres. Lo que nadie dijo es que detrás de esa armadura llevaba años sin que nadie la tocase de verdad.
Me senté encima de él y empecé a contarle mi fantasía más sucia. Con cada detalle que añadía, lo veía deshacerse un poco más.
Bajé al bar del hotel a la una de la mañana. Cuando volví a mi cuarto, sin ropa interior y con la marca de su mano en el glúteo, supe que ese vuelo lo recordaría.
Valeria salió del baño con un vestido negro que le ceñía cada curva. Eran las doce de la noche. Dos hombres estaban por llamar al timbre. Y yo ya sabía dónde iba a sentarme.