La granja de correccion donde aprendi a obedecer
Me prometieron una transformacion. Lo que encontre fue un infierno de sumision, castigo y humillacion donde mi cuerpo dejo de ser mio.
Me prometieron una transformacion. Lo que encontre fue un infierno de sumision, castigo y humillacion donde mi cuerpo dejo de ser mio.
Rodrigo colgaba del poste de los condenados cuando Catalina cruzó el umbral. La guardia Nora ya tenía la mano en la daga. Había reglas que nadie rompía en ese castillo.
Desperté con las manos atadas en una habitación a oscuras. No recordaba cómo había llegado. Sí sabía que estaba investigando a las personas equivocadas.
Rodrigo la ignoró en cada reunión. Lo que nunca imaginó es que Isabel ya había hablado con Diana y que en pocas horas él estaría en la casa.
Cuando escuché sus pasos en la capilla a medianoche, supe que todo lo que había jurado ante Dios estaba a punto de arder.
Rodrigo colgaba del Pilar al borde del colapso. Valeria no podía desafiar a la Reina, pero tampoco iba a dejar morir a un hombre sano por negligencia.
El botón antipánico lo dejé sobre la almohada del catre. Las rejas me marcaban la espalda cuando su lengua bajó y yo supe que ya no era su abogada.
Llevaba tres semanas encerrado en la jaula cuando Valeria decidió invitar a sus amigas a cenar. Yo sería el espectáculo.
La noche de mis dieciocho años, mi padre quemó mi única carta de libertad. Entonces supe que jamás me dejaría marchar.
Para cuando Sebastián terminó de describirme el proceso, yo ya tenía que inventarme una excusa para ir al baño. Nunca imaginé que al día siguiente lo pediría yo.
Rodrigo gateaba detrás de sus tacones por los pasillos del castillo, desnudo y con el collar apretándole la garganta. Ese era el desayuno de la reina.
Cuando salí de la ducha rasurado y mareado por el ron, lo vi sentado en la cama con un collar rosa y una peluca. Entendí que aquella isla no era refugio: era una trampa.
Un hombre corriente que descubrió que bajo la ropa de su esposa vivía otra versión de sí mismo, lista para salir cuando llegó el encierro.
El panel del ascensor se apagó entre dos pisos. Ella sonrió, dio un paso hacia mí y dijo en voz baja que sabía perfectamente lo que pasaba por mi cabeza.
Lo até con cuerdas para que no me mordiera. Lo bañé entre las ruinas. Lo que descubrí esa noche entre los estantes vacíos cambió quién era yo para siempre.
Cuando supe que me quedaban pocos años, decidí vivirlos sin reglas, y empecé por la persona que dormía a tres metros de mi puerta cada noche.
Llegué al taller solo a aprender un nudo. Salí con la promesa de presentarme al amo de Mateo, y una sola pregunta entre nosotros: campo o ciudad.
La llave cayó al agua y la puerta trasera se trabó. Atrapados en un metro cuadrado, esposados y semidesnudos, descubrimos algo que ninguno imaginaba.
Me tenían de rodillas en el canil, esposada y sin poder moverme, mientras ellas reían y sus perros rondaban cada vez más cerca.
Colgada de la barra con los brazos en alto y las piernas separadas, desnuda bajo la única luz de la habitación. Aún me miraba con desprecio. Por ahora.