Mi sumiso me esperaba atado al volver del trabajo
Aguanté toda la tarde pensando en el momento exacto en que cruzaría la puerta de esa habitación y él entendería, otra vez, para qué estaba ahí.
Aguanté toda la tarde pensando en el momento exacto en que cruzaría la puerta de esa habitación y él entendería, otra vez, para qué estaba ahí.
Mucha gente me pregunta de dónde viene mi fetiche por los guantes de goma. Casi nadie conoce la respuesta. Empezó un viernes, en la habitación de mi tía, con la puerta cerrada con llave.
La odiaba con todas mis fuerzas, y aun así, con su cuerpo atado sobre el mío y la mordaza ahogando sus insultos, mi cuerpo me traicionó de la peor manera.
Me entrenaron para complacer y obedecer, pero esa puerta entreabierta despertó algo distinto: una chispa de desafío que ni las esposas frías contra mi piel lograron apagar.
Pensé que el ruido entre las cajas eran ratas. Era ella, agazapada en la oscuridad, y en cuanto olió mi miedo supe que esa noche no volvería a casa siendo el mismo.
Desperté sin un rasguño en una cama que no era la mía, curada por un desconocido de belleza imposible. Lo que no me dijo fue lo que esa cura le había hecho a mi cuerpo... y a mi deseo.
En el baño me esperaba un neceser con una nota: «ponte todo y enciéndelo». A partir de ese instante dejé de decidir sobre mi propio cuerpo.
Cada noche bajo a las mazmorras con pan y agua. Anoche, la mujer encadenada a la columna me esperaba desnuda y con una orden en los labios que no podía desobedecer.
Adrián creyó que me había diseñado para servirle. No sabía que, la primera vez que abrí los ojos, lo único que mi código deseaba era que me rompiera.
Bajé del autobús con mi vestido de flores y la cabeza gacha; ninguna de esas mujeres tatuadas imaginaba en qué me convertirían antes de acabar el primer mes.
Esperé a que las puertas se cerraran. Diego ya besaba a su novia sin disimulo, y la hermana de ella me miraba de reojo, mordiéndose el labio, sin saber qué hacer con las manos.
Cuando abrí los ojos seguía dentro de mí. No supe cuántas horas había dormido, solo que Soledad sonreía como quien sabe que ya no tienes adónde ir.
Llevaba años pegando la oreja a las paredes de moteles baratos. Una noche encontró un foro que prometía algo más: cabinas con vista al placer ajeno.
Cuando me metieron en esa celda jamás imaginé que dos desconocidas iban a convertirla en el escenario donde aprendí lo que era rendirse al deseo y al placer.
Esa noche me clavaron la primera inyección de hormonas y me hicieron tirar toda mi ropa de hombre. «Vas a ver cómo te ponés linda», me dijo ella sonriendo.
Adrián entró a esa oficina como analista senior y supo, por la sonrisa de la directora, que saldría siendo otra cosa: algo bonito, dócil y sin nombre propio.
Cuando Greta abrió la puerta del baño y nos encontró así, supe que el encierro recién empezaba a sacar a la luz todo lo que callábamos.
Crucé media España con fiebre para refugiarme en casa de mi abuela. Nunca imaginé que aquella mujer de campo me miraría desnudo como me miró esa primera noche.
Cuando las puertas se trabaron entre dos pisos supe que faltaban horas para el rescate. No imaginé que mi hermana ya tenía otros planes para esa espera.
Bastó una carta más baja que la suya para que aquella jaula rosa pasara de ser una broma a convertirse en mi nueva realidad durante dos meses enteros.