Volví al club de los vampiros con un collar verde
Rodeada de vampiros en aquel viejo matadero, con el collar verde apretándome el cuello, comprendí que mi cuerpo ya no me pertenecía. Solo podía rogar por unos días más.
Rodeada de vampiros en aquel viejo matadero, con el collar verde apretándome el cuello, comprendí que mi cuerpo ya no me pertenecía. Solo podía rogar por unos días más.
La cláusula era clara: una vez dentro, ninguna súplica detendría lo que habían planeado para ella. Y aun así, firmó con las bragas húmedas.
Crucé la puerta y no oí nada. Ese silencio significaba una sola cosa: esa noche mi Ama no estaba para juegos, y yo iba a pagar cada minuto de su mal humor.
Quería que entendiera que ningún título ni ascenso significa nada cuando está desnudo sobre mis baldosas, esperando que yo decida cuánto vale.
Escupió a la hechicera mientras dos esclavos lo sujetaban. Ella sonrió, lamió el desprecio de su mejilla y prometió convertirlo en su próxima obra maestra.
Lo arrojaron desnudo al fango entre bestias, y la supervisora de la máscara sonrió: sabía exactamente cuánto tardaría el barón en suplicar de rodillas por un trozo de carne.
Desperté atada, amordazada y a ciegas, sin saber dónde estaba ni cuánto tiempo había pasado. Solo tenía una certeza: la mujer que fui ya no existía.
Conduje hasta una cueva perdida para encadenarme yo misma todo el fin de semana. Lo que no calculé fue que alguien encontraría las llaves antes que yo.
Cuando la puerta volvió a abrirse, Rubén entendió que la noche anterior solo había sido el principio de lo que aquellas mujeres pensaban hacer con él.
El mensaje llegó justo antes de dormir: una propuesta para el día siguiente al mediodía. No sabía cuántos seríamos ni qué me esperaba, pero ya había dicho que sí.
Tres meses limpia, nueve hombres bajo llave y un único objetivo: la noche en que todos serían míos sin reglas, sin prisa y sin miedo a nada.
Después del cuarto gin-tonic, mi mujer se levantó del sofá, cruzó el salón y empezó a desnudarse frente a nuestro amigo. Yo solo pude mirar y desearlo.
La puerta de emergencia se cerró con candado y mi mujer quedó del otro lado, con él. Solo nos separaba una pared de yeso. Empecé a escuchar.
Subí sola a la montaña con una alerta roja huyendo de mi marido. No buscaba refugio: buscaba el impacto, algo que rompiera por fin el cristal en el que vivía encerrada.
Me usaron de mula y caí por una valija que ni sabía que llevaba. Adentro descubrí que la única moneda que valía algo era mi propio cuerpo.
Cuando se fue la luz y quedamos atrapados entre dos plantas, supe que esas horas a oscuras iban a cambiarlo todo. Y yo no hice nada por evitarlo.
La voz metálica anunció la siguiente fase y, en lugar de pánico, sentí algo que no debía sentir: unas ganas absurdas de que todo volviera a empezar.
El agua caliente me recorrió la espalda y, por primera vez en aquel encierro, sentí sus manos callosas como una caricia. No abrí los ojos. Se lo había prometido.
Subí a entregar unos papeles y bajé con un desconocido que olía a colonia cara. Entonces el ascensor se detuvo, las luces murieron y todo cambió entre nosotros.
Llevaba un año buscando a alguien dispuesta a tomarme por completo. El correo de aquella desconocida lo cambió todo: no quería jugar conmigo, quería quedarse con mi vida entera.