El disfraz de mi mejor amiga lo cambió todo
Bajé al salón con mi falda de colegiala lista para sorprenderla. No esperaba encontrarla desnuda, con un arco en la mano y una sonrisa que lo cambió todo.
Relatos que exploran los deseos mas profundos
Bajé al salón con mi falda de colegiala lista para sorprenderla. No esperaba encontrarla desnuda, con un arco en la mano y una sonrisa que lo cambió todo.
Até las cuerdas al tronco con cinco vueltas. Cuando el barro me llegó al cuello y tiré para volver, comprendí que alguien las había cortado en seco.
Abrió la puerta en camisón blanco, descalza. Mi novia dormía en la otra habitación y mi mejor amigo seguía en la terraza. Yo no atiné a moverme.
Marina se durmió desnuda al sol y, cuando abrió los ojos, la cala que parecía vacía ya no lo estaba. Y lo que más me iba a sorprender no fueron ellos: fue ella.
Le abrimos la puerta a las diez en punto. Veinticinco años, manos temblorosas y un acuerdo firmado: durante las próximas horas, su cuerpo nos pertenecía a los dos.
Llevaba años tratando mentes ajenas sin poder acercarse a nadie. Hasta que la muñeca llegó, y con ella, la obsesión que lo consumiría.
Marcos era el único hombre en el pueblo que no había cerrado los ojos. Perforó la madera con un clavo y puso el ojo. Lo que vio no lo abandonó jamás.
Llevaba años buscando a alguien dispuesta a mirarme de verdad, no a través de una pantalla. Cuando Lucía dijo que sí, entendí que ese día no lo olvidaría.
Cuando me incliné a propósito y vi cómo me devoraba con la mirada, supe que esa noche, sola en mi habitación, no podría dormir sin terminar lo que él había empezado.
Hacía años que no recurría a esos videoclips, pero un domingo bastó con escuchar el primer gemido grabado para que mi mano regresara al sitio exacto donde la había dejado a los catorce.
Cuando vi la foto de su barriga redonda en el chat, debería haber roto el teléfono. En vez de eso abrí el cajón, saqué el vibrador y empecé a imaginar.
Cuando ella encendió la cámara, ya estaba acostada en la cama, esperándome con una sonrisa que no era inocente. Y supe que ese sábado no iba a dormir solo.
Cuando me puse el antifaz frente al espejo, dejé de ser yo. Lo que pasó después en aquel jardín no se lo conté a nadie hasta hoy.
Le había pedido el vestido azul y nada debajo. Cuando subió al coche y cruzó las piernas, supe que esa noche iba a obedecer todo lo que se me ocurriera.
Tres meses escribiéndonos. Un solo paso para cruzar su umbral. Lo que vino después no fue lo que prometió: fue todo lo que mi cuerpo llevaba meses pidiendo a gritos.
Cuando entré sola en aquella sala impecable y pulsé el interruptor, supe que ya no había vuelta atrás. Los ocho hombres aguardaban al otro lado.
El pronóstico decía trece grados y nublado. Perfecto para que mis pies se cocinaran todo el día dentro de las zapatillas sin lavar, como a él le gusta.
A las tres de la mañana, con el humo del porro flotando entre los dos, Romina me dejó caer la frase que iba a desarmar todo lo que creía saber sobre mí mismo.
Hace tres años acepté la solicitud de un desconocido que escribe poesía erótica. Desde entonces, cada noche, leo sus palabras a oscuras y no le he escrito nunca.
Me incliné sobre su camilla y sentí su mirada recorriendo cada centímetro de mi uniforme. Algo que llevaba dormido mucho tiempo despertó de golpe.