Me arrodillé otra vez aunque no fuera castigo
No había hecho nada mal. Aun así, mientras fregaba el suelo de rodillas, sentí que mi cuerpo le pertenecía más que nunca.
No había hecho nada mal. Aun así, mientras fregaba el suelo de rodillas, sentí que mi cuerpo le pertenecía más que nunca.
Llevaba dos años esperando una llamada suya. Cuando por fin la recibí, supe que iba a obedecer cualquier cosa que me pidiera, por absurda o degradante que fuera.
Llegamos a la reunión preparadas para escuchar reproches. Nadie nos había advertido que aquella tarde nosotras seríamos quienes daríamos las lecciones.
Cuando entré a su cuarto pensé que íbamos a charlar. Diez minutos después estaba en bóxers, temblando, y oí cómo la puerta volvía a abrirse a mis espaldas.
Mi exnovia me esperaba en ese retiro y conocía exactamente el secreto que yo más temía. Solo necesitaba la persona indicada para destaparlo delante de todos.
Roberto me humilló durante años frente a todos. Cuando la Asociación me ofreció educarlo, supe exactamente lo que quería hacer con él.
Marco creía que iban al cine. No sabía que ella había planeado cada detalle desde semanas antes, incluyendo en qué bolsillo llevaba la llave.
No me importaban el género, ni la edad, ni siquiera la apariencia. Quería un cuerpo despojado de voluntad propia, alguien que viviera únicamente para obedecer. Esta vez vine sola.
Bruno bajó al sótano y abrió mi jaula. Olvidó quitarme los vibradores. A cada paso se hundían más, mientras subía a desayunar.
Vi los videos: mujeres atadas a máquinas, descargas eléctricas, azotes mientras corrían. Y aun así marqué el número. Mi voluntad no daba para más.
Selena llevaba meses moldeándolos hasta convertirlos en mascotas perfectas. Lo que no esperaba era que el comprador llegara con un tercer collar bajo el brazo.
A las doce en punto sonó el timbre y supe que ya no había marcha atrás: ella había aceptado, ellos venían por ella, y yo había prometido quedarme en la silla mirando.
Cuando los tacones de la rubia retumbaron en el pasillo y la cadena tiró del collar, Adrián supo que esa mañana iba a aprender lo que es ser propiedad.
Un año atrás él me llamaba ratita frente a sus colegas. Hoy se arrodilla en tacones rojos para besarme las botas y me dice Señora con la voz quebrada.
Lo humillé delante de toda la oficina por una mancha. A las ocho bajé las cortinas para pedirle perdón a solas, y se me fue de las manos.
La voz al teléfono dijo que tenía doce horas para presentarme. Colgó antes de que pudiera preguntar nada. Lo que encontré en aquel almacén cambió todo lo que creía saber.
Cuando fingí el desmayo supieron que me tenían. Pero fue justo en ese instante cuando la partida cambió de dueño y el gancho empezó a buscar otro cuerpo.
Cuando el aire volvió a mis pulmones y él encendió la cámara roja, supe que aquella noche de dominación apenas empezaba y yo ya no podía retroceder.
Bajé al parque con los billetes listos, pero él me exigió algo distinto. Si decía que no, a mi hijo le volverían a romper la cara al día siguiente.
Cuando fui al parque a enfrentarme al chico que extorsionaba a mi hijo, no imaginé que sería yo quien acabaría pagando el precio más íntimo.