La fantasía que lo dejó hecho pedazos
No necesitaba tocarlo para controlarlo. Solo tenía que elegir las palabras correctas y observar cómo se deshacía frente a mí.
No necesitaba tocarlo para controlarlo. Solo tenía que elegir las palabras correctas y observar cómo se deshacía frente a mí.
Estaba a punto de cerrar la app cuando llegó el tap. Trescientos metros. Cerca. Demasiado cerca para ignorarlo un domingo sin planes.
La primera vez que lo vi con ella, quise matarlo. La segunda vez que entró por mi puerta sin tocar, entendí que las reglas habían cambiado para siempre.
A once mil metros de altura, controlaba sus cuerpos desde mi asiento. Lo que les esperaba en Río era apenas el preludio del sometimiento real.
Cuando Claudia propuso el juego, nadie imaginaba que una hora después todos estaríamos cruzando líneas que no sabíamos que queríamos cruzar.
Colgada de la barra con los brazos en alto y las piernas separadas, desnuda bajo la única luz de la habitación. Aún me miraba con desprecio. Por ahora.
Andrés creyó que podía controlarlo todo: los pactos, los encuentros, los celos. Hasta que su mujer hizo las maletas. Esta es su confesión final.
El martes amaneció distinto. Primero llegó Valeria con lencería negra y una jaula de castidad. Después llegó él: enorme, de barba espesa y mirada que lo decía todo.
Me tenían de rodillas en el canil, esposada y sin poder moverme, mientras ellas reían y sus perros rondaban cada vez más cerca.
Sandra me dijo que conocía a alguien discreto, muy experimentado, que sabía exactamente cómo hacerlo. Solo tenía que decidir si cruzaba esa línea.
Cuando lo veo por la mirilla sé que debería no abrir. Nunca lo hago. Hay algo en él que no puedo nombrar pero tampoco puedo ignorar.
Cuando la guerrera rubia se sentó sobre su espalda, dejó de ser un hombre: era el taburete vivo donde una diosa desayunaba con la reina.
Cuando Marta me dijo que había encontrado a las cuatro mujeres perfectas para mi castigo, supe que ya no había marcha atrás. Esa misma tarde firmé el contrato sin leer la mitad.
Bajo la luz dorada de la hacienda, ella sonreía mientras contaba el dinero. No imaginaba que el siguiente collar de cuero negro estaba pensado para su propio cuello.
Ella creía que iba a ser una noche más, pero yo había preparado la mochila con todo lo que necesitaba para enseñarle hasta dónde podía llegar su curiosidad.
Mi respiración se agitó sola cuando esa escena apareció. Valeria tenía la mano en mi muslo y lo sintió todo antes de que yo dijera una palabra.
Cuando el hermano mayor entró por esa puerta, ya era demasiado tarde para arrepentirme. Estaba en ese hotel, entre los dos, con el deseo ganándole a la vergüenza.
Llevaba tres años trabajando con él. Sabía exactamente lo que era, lo que fingía ser. Ese fin de semana en el resort, Rodrigo iba a conocerse de verdad.
Los tacones me mataban y la peluca me picaba, pero cuando ese hombre me miró desde el otro lado de la sala, entendí que la noche apenas empezaba.
Adrián tiró de su pelo, Daniela le tapó la boca, y el cuerpo de la guardaespaldas dejó de obedecerle. Ahí supo que la rendición tenía otro precio.