Confieso lo que hice en el séptimo día del viaje
Habían pasado seis días desde que dejé de ser la esposa fiel. Lo que vino después, en el jacuzzi y delante de testigos, no se lo cuento ni a mi mejor amiga.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Habían pasado seis días desde que dejé de ser la esposa fiel. Lo que vino después, en el jacuzzi y delante de testigos, no se lo cuento ni a mi mejor amiga.
Cuando me ordenó vestirme de profesora y esperarlo a las diez en punto, supe que mi cuerpo respondería antes que mi conciencia.
Entré pidiendo una depilación. Salí con las piernas temblando y el cuerpo marcado por unas manos que conocían cada milímetro de mi piel mejor que yo misma.
La doctora cerró la puerta del consultorio con una calma que no era profesional. Yo estaba en la camilla con una bata de papel, y ya sabía que no iba a salir igual.
No me atraen los hombres, me atraen las pollas. Por eso engaño a mi novia con dos amantes que ella nunca podrá imaginar, y cada semana me cuesta más volver a casa con ella.
Cuando vi a Yésica subir las escaleras detrás de él esa primera noche, supe que ninguna de las que servíamos copas en aquella parada iba a salir igual del verano.
Me levanté a las tres de la mañana por unos gemidos que no podía ignorar. La puerta de mi madre estaba entornada y yo me quedé clavado en el pasillo.
Llevaba diez años leyendo el noticiero estelar cuando aquel sobre de papel marfil llegó a recepción. Dentro, una propuesta que solo un hombre como él podía hacer.
Una presentadora de televisión. Un sobre anónimo. Un heredero de veinte y tantos años esperando en la suite. Y un marido que quería oírlo todo.
Don Ernesto tenía veintisiete años más que yo, manos ásperas de trabajador y una mirada hambrienta que yo fingía no ver. Esa noche cerré las cortinas yo misma.
Sofía cruzó la sala con el condón en la mano. Marcos se quedó paralizado, sin saber si lo que sentía era celos, dolor o algo que le daba vergüenza reconocer.
Tenía 48 años, un matrimonio estable y una mentira perfecta. Cada semana cruzaba esa puerta y me convertía en otra mujer. Una que no sabía que existía.
Rodrigo la miró sin disimulo junto a los baños termales. Sofía tenía los ojos cerrados y el cuello largo expuesto al sol. Claudia lo vio y no dijo nada.
El coche de Roberto desapareció tras la curva y Sofía miró a Raquel. Tenían tres horas, dos hombres esperando y un plan que parecía infalible.
Cuando entró a la celda con ese vestido rojo y los guardias se alejaron por orden del director, supe que esa visita no iba a ser estrictamente legal.
Cuando rompí el sello rojo del sobre, supe que mi vida estable acababa de cruzar una línea. Lo que no esperaba era que mi marido me suplicara que aceptara aquella propuesta indecente.
Diego sabía exactamente qué botón tocar. Dos años sin verlo, un mensaje a la una de la mañana, y yo ya estaba en un taxi cruzando la ciudad.
Cuando le entregué el sobre con la oferta, esperaba ira. Lo que vi en sus ojos fue otra cosa: un hambre que llevaba años escondiéndose detrás de su mirada tranquila.
Esa tarde junto a la piscina, ella se quitó la parte superior del bikini y todo cambió entre ellos. La tensión que llevaban días ignorando ya no tenía vuelta atrás.
La peluca, el vestido y los tacones estaban en el cajón de mi escritorio. Mi jefe lo sabía desde hacía meses. Y eso cambiaba todo lo que pasaba entre nosotros.