Mi prima Lucía y el límite que cruzamos esa tarde
Mi prima me celaba como si fuéramos pareja de verdad, y esa tarde, con su piel todavía húmeda contra la mía, me hizo prometer que nadie más sabría tocarla así.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Mi prima me celaba como si fuéramos pareja de verdad, y esa tarde, con su piel todavía húmeda contra la mía, me hizo prometer que nadie más sabría tocarla así.
Llegué a la escena del crimen y ella me esperaba fumando, los ojos secos. Tres meses después la viuda me abría en camisón negro y un frasco de gel sobre la mesilla.
Encendí el monitor a las nueve y media: Mariana estaba en su cocina, descalza, con una camiseta que apenas la tapaba, y yo ya sabía que esa mañana no iba a estar sola.
Le di permiso para salir con los dos la misma tarde. Cuando volvió al estacionamiento, todavía traía las marcas de uno y a las siete y media tenía cita con el otro.
Cogía con mi prima desde aquel verano, pero ella me pidió que cada uno consiguiera pareja para guardar las apariencias. Lo que pasó esa misma tarde nos cambió las reglas.
Reservé el mismo Airbnb donde hice el amor con mi prima por primera vez. Esta vez no íbamos solos: cada uno llevaba a su pareja, y los cuatro lo sabíamos.
Iba a recoger unas bolsas que mi mujer había olvidado, pero la puerta del jardín estaba entreabierta y la escena del otro lado me cambió la cabeza para siempre.
Lo escuché aparcar en la entrada y no me cubrí. Abrí las piernas en el sofá, moví la tanga a un lado y empecé a tocarme antes de que entrara.
Mi mujer estaba de viaje y mi suegra entró a traerme el desayuno a la cama. Yo seguía desnudo y con una erección imposible de disimular.
Aquella noche su mano me rozó la pierna debajo del mantel y siguió subiendo. Quise creer que era el vino, pero la siguiente reunión despejó toda duda.
Cuando empujé la puerta del cuarto, mi tía no estaba sola. Ya era tarde para volver atrás, y demasiado pronto para marcharme.
Cuando me desperté de la siesta, la casa estaba en silencio. Hasta que oí los gemidos en el cuarto de invitados y supe que esa tarde no terminaría como debía.
Apenas cerró la puerta del taxi, sus manos ya estaban debajo de mi blusa. Lo que vino después lo vio el chofer desde el espejo, sin perder detalle.
Esa noche en la finca descubrí que nadie era quien aparentaba ser. Y que yo tampoco era la excepción.
Cuando saqué su teléfono y vi mi propia imagen en la pantalla, entendí que no tenía escapatoria. O eso me dije a mí misma.
Era sábado, iba al despacho, y entonces entró ella. Vestida para matar, con una sonrisa que lo sabía todo. No me podía quedar sin intentarlo.
Entré a esa habitación con la rabia de quien ya sabe la verdad. Lo que encontré me dejó clavada en el sitio durante cuarenta minutos que no pienso olvidar.
La primera vez que lo vi con ella, quise matarlo. La segunda vez que entró por mi puerta sin tocar, entendí que las reglas habían cambiado para siempre.
Fui a cambiarme los zapatos y terminé espiando al matrimonio dueño de la finca. A la mañana siguiente, su hija y su madre hicieron que yo también participara.
Necesitaba pañales para mi hija y no tenía ni un peso. Cuando el americano me ofreció dinero, me dije que sería una sola vez. No sabía lo que vendría.