Mi amante de Facebook: la noche que no esperaba
Lo que empezó como mensajes inocentes en redes terminó con él alzándome en brazos hacia una habitación de motel a las dos de la mañana.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
Lo que empezó como mensajes inocentes en redes terminó con él alzándome en brazos hacia una habitación de motel a las dos de la mañana.
Andrés creyó que podía controlarlo todo: los pactos, los encuentros, los celos. Hasta que su mujer hizo las maletas. Esta es su confesión final.
Cuando mi amigo la tomó de la cintura para guiarla a la cocina, algo se encendió en mí. No era celos. Era otra cosa, más oscura, que decidí no apagar.
Nunca me había masturbado, nunca había sentido curiosidad por el sexo. Hasta que un jueves de vino con mi mejor amiga lo cambió todo de golpe.
Trabajaba instalando sistemas de seguridad y tenía acceso a las cámaras de ambas casas. Nunca imaginé lo que iban a grabar.
Llegué al gimnasio con el cabello húmedo, sin ropa interior y temblando. Él me esperaba en la puerta. Cuando cerró la llave, supe que no había vuelta atrás.
En el restaurante le pedí que se comportara como mi novia. Se cambió de silla despacio. Ninguno de los dos habló de lo que eso significaba.
Me pidieron que entretuviera a su hermana y mirara para otro lado. Era un plan razonable hasta que Valeria decidió que no iba a dejarse ignorar.
Iba al gym sin ropa interior a propósito, para que se notara todo. Después de semanas de miradas, él por fin se acercó con una propuesta que no dejaba margen de duda.
Sandra me dijo que conocía a alguien discreto, muy experimentado, que sabía exactamente cómo hacerlo. Solo tenía que decidir si cruzaba esa línea.
La primera noche que salí con su permiso fue la última en que necesité pedírselo.
Estaba parado al otro lado de la puerta entornada, viendo lo que nunca debí ver. Lo que hice después cambió para siempre la forma en que nos mirábamos.
Cuando entró en mi cocina, no tenía ni idea de lo que le esperaba. Yo sí lo sabía, y desde que cruzó la puerta, solo pensé en una cosa.
Tres días sin poder ir al baño, un consultorio de lujo y una médica trans que me cobró la consulta a su manera. Lo que pasó allí dentro no se olvida.
Carlos me decía que era un hombre peligroso. Tenía razón. Pero nadie me había mirado así en meses, con esa clase de hambre cruda que no sabe disimular.
Valentina dijo que iba a hacer la compra. Esa tarde, Nicolás canceló su reunión y volvió a casa antes. La chaqueta de Marcos colgaba en el perchero.
Pensé que iba a salir de la consulta con una receta. Salí con la marca de sus manos en mi piel y un secreto que jamás iba a contarle a nadie.
Me gustan las mujeres y la quiero a ella, pero hay algo que solo encuentro en otros hombres y no puedo dejar de buscarlo, por más que lo intente.
Llevaba un short minúsculo y un top sin sostén cuando sonó el timbre. El viejo del lado solo venía a pedir azúcar. O eso pensé cuando le abrí.
La oí gemir desde el otro lado del pasillo. Supe que esa noche tampoco iba a dormir. Pegué el oído a la puerta y luego corrí al estudio de mi abuelo.