La convencí de bajar desnuda por las escaleras
El trato era simple: si llegaba hasta el garaje sin que nadie la viera, la recompensa sería inolvidable. Pero el edificio nunca estaba del todo vacío.
El trato era simple: si llegaba hasta el garaje sin que nadie la viera, la recompensa sería inolvidable. Pero el edificio nunca estaba del todo vacío.
Compartir cama con el novio de mi cuñada parecía inofensivo. Pero cuando noté su cuerpo contra el mío en plena oscuridad, supe que la noche no terminaría bien.
Ella lo notó antes que yo. Me tomó la mano en la pista y me miró como si supiera exactamente lo que yo seguía sin admitirme.
Llevábamos cuatro cervezas y dos apuestas perdidas cuando propuso la tercera. Debería haberme levantado del sofá y haberme ido. No lo hice.
Cuando Clara vio la cerradura oxidada del cuarto cuatro, no se asustó ni dudó. Suspiró, pidió la toalla de siempre y entró primero.
Crucé las piernas en su clase y él no pudo apartar los ojos. Supe que el juego había comenzado, y que esta vez yo iba a llevar la ventaja.
Me puse la falda más corta que tenía, abrí la puerta y los saludé sabiendo exactamente qué habían visto y qué más iba a pasar esa noche.
Me senté en el suelo con su foto y unas velas. Cuando abrí los ojos, era ella: su voz, su cuerpo, su camerino detrás del escenario.
La terraza de la villa brillaba sobre el Mediterráneo cuando comprendí que jamás lo tendría siendo quien era. Esa noche tomé una decisión que me cambió para siempre.
Me había sentado lo más lejos posible de ella en esa cena. Pero terminé con mi mano en su cintura y sus caderas apretadas contra las mías.
Empezó con una historia que leí a medianoche. Después vinieron los mensajes, las confesiones a oscuras y una voz al otro lado que sabía exactamente qué decirme.
Cuando bajó el pantalón, Nadia supo que algo iba a pasar. Lo que no esperaba era que un malentendido de treinta segundos le enseñara algo que no sabía sobre su propio cuerpo.
Conduje sesenta kilómetros para encontrar el silencio. Lo que no esperaba era una habitación que parecía diseñada exactamente para mis fantasías más privadas.
Mis amigos no entendían por qué pasaba tres meses en un pueblo sin vida. Nunca les dije la verdad: que mi abuelo me esperaba con algo más que la cena.
Cuando Claudia se dormía en el sofá, su padre y yo nos quedábamos solos junto a la piscina. Él sabía que yo lo buscaba. Y yo sabía que no iba a resistirse.
Rodrigo llevaba rato mirándolas desde su toalla cuando Clara le hizo la señal. La playa vacía y el cielo en violeta hicieron el resto.
Lo que ese todoterreno guardaba después de aquel viaje no se podía contar en una factura de tapicería. Pero alguien tendría que pagarla, y no iba a ser él.
Cerré los ojos bajo el antifaz y la voz de mi padre construyó cada detalle. Ya no estaba en mi cuarto: estaba con Rodrigo, y él hacía exactamente lo que yo había soñado.
Nuestros anfitriones en Groenlandia nos explicaron que compartir el calor del cuerpo era la forma más profunda de dar la bienvenida. Esa noche entendimos qué significaba de verdad.
Sandra nunca me había sorprendido de esa manera. Pero esa tarde en el pinar, con Lucía y Marcos a pocos metros, decidió que era el momento.