La piscina donde empecé a fantasear con el trío
Cuando Héctor le puso la mano en la espalda a Sofía y ella no la retiró, entendí que ese viaje iba a ser distinto a todos los anteriores.
Cuando Héctor le puso la mano en la espalda a Sofía y ella no la retiró, entendí que ese viaje iba a ser distinto a todos los anteriores.
Tenía su ropa íntima en una mano y el teléfono en la otra cuando oí la puerta principal abrirse. Camila estaba ahí, mirándome desde el pasillo.
Me susurró el número de su habitación al oído y se marchó. Me quedé con el café a medio terminar y el pulso latiéndome en la garganta.
Sebastián no había abierto ese libro en su vida. Pero sí llevaba semanas guardando una cuerda en el cajón, esperando la noche que nos quedáramos solos.
Esa tarde en casa, mientras probábamos ropa en la sala, entendí que la mirada que Valeria me lanzaba no tenía nada de inocente.
Rodrigo la convenció de darse la vuelta. Era solo un momento, decía. Marcos llevaba años mirándola así y Sandra no lo había visto hasta ahora.
Me dijo que cerrara los ojos, que tenía un chocolate para mí. Lo que sentí en mis labios no era exactamente chocolate.
Llevaba horas con el cuerpo encendido y él apareció con su uniforme de practicante, justo cuando necesitaba a alguien que me atendiera de verdad.
Solo quería despejarme por una noche. No esperaba que esa despedida de soltera, ese bar y ese hombre iban a quedarse en mí tanto tiempo.
Renata tenía un vestido casi transparente por el sudor y una sonrisa que no era de descanso. Nadie sabía bailar. Esa noche no importó.
Cuando bajé la vista vi que sostenía el condón más grande entre los dedos. No era para mí. Y sin embargo no fui capaz de irme.
Su sobrina se fue a la pijamada igual que mi hijo. Tocó mi puerta con una botella de vino y una sonrisa que esa noche significaría mucho más.
Cuando abrí la puerta vestida con la blusa de botones y los tacones, supe que esa mañana de invierno no iba a ser una clase cualquiera, sino una rendición pactada con él.
Apareció en mi pantalla una noche cualquiera, pero su voz ronca hizo que algo dentro de mí se despertara con una urgencia que no sabía que existía.
Cuando abrí la puerta y lo vi parado ahí, no pensé en nada malo. Pero su manera de mirarme las piernas me hizo quedarme exactamente donde estaba.
Me prometí esperar. Que cuanto más me lo negara, más intenso sería. Pero el cuerpo tiene sus propias razones y esa noche no estaba dispuesto a ceder.
Cuando Marcos bajó del tejado empapado en sudor, Carmenza ya sabía que no iba a dejarlo ir. Llevaba demasiado tiempo esperando a un hombre así.
Esa noche en la casa alquilada de Búzios, con tres tipos y una botella de vodka a medias, Camila decidió que la vergüenza podía esperar hasta mañana.
Llevaba cuatro días intentando no hacer ruido en los pasillos. Esa noche ella me esperaba con una sonrisa que no era inocente y un plan que no podía negarme.
Cuando le confesé en el balcón lo que aquel desconocido me había hecho un mes antes, no esperaba que me pidiera acompañarme la siguiente vez.