Lo que mi hijastra despertó en mí esa tarde
Entré a su cuarto con una bandeja y ella me miró desde la cama, casi sin ropa, y preguntó: —¿Te gusta lo que ves? Algo en mí se despertó sin aviso.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Entré a su cuarto con una bandeja y ella me miró desde la cama, casi sin ropa, y preguntó: —¿Te gusta lo que ves? Algo en mí se despertó sin aviso.
Su perfume todavía me perseguía cuando abrí la tarjeta en el taxi. Una dirección en Recoleta. La puerta va a estar sin llave, me había dicho.
Subí al barco en Colonia con la excusa del descanso. Lo que encontré en aquel grupo fue algo que no había sabido pedir antes.
Bajé por una botella de agua a las tres de la madrugada y allí estaba ella, sorbiendo un café con las dos manos como si la taza fuera lo único que la mantenía despierta.
Tenía diecinueve años, las manos le temblaban y me pidió que le enseñara. Yo tenía treinta y ocho, una bata de seda y toda la noche por delante.
Afuera nevaba sin parar. Adentro, al otro lado de la pared, alguien gemía. Y yo tenía a mi tía dormida a mi lado, con el albornoz apenas cerrado.
Llevaba meses ignorando sus miradas. Esa noche, por alguna razón que todavía no entiendo bien, decidí no seguir caminando.
El odio entre Remedios y Amparo llevaba doce años pudriéndose. Sus hijas heredaron la guerra, pero esa noche el rencor encontró otra salida.
Me arrimé desnuda contra su espalda, apreté mis pechos contra él y esperé. Nada. Ni un suspiro, ni una mano, ni una palabra. Solo el ruido del reloj.
Me llamó putita la primera vez que me vio. La segunda vez me rogó que no parara.
Pegué el oído a la puerta del cuarto de mi madre y desde esa noche ya no pude dejar de mirar. Lo que descubrí me cambió para siempre.
Cuando entré en mi cuarto la encontré sentada en el rincón, desnuda, con la cabeza ladeada y una pregunta en los ojos que ninguno de los dos esperaba.
Me citó en un hotel y cuando abrió la puerta supe que nada de lo que había vivido antes se parecería a lo que estaba por venir.
Vivir bajo el mismo techo con dos hombres hambrientos y ser la única mujer de la casa tiene sus consecuencias.
Llevábamos años de silencios y cenas frías. Cuando entró a arreglar la chimenea, algo se quebró en mí. Y yo lo dejé pasar.
Cuando abrí su galería para limpiar la cámara, encontré cientos de fotos mías. Pensé en irme. Luego vi lo que había debajo de sus pantalones y cambié de opinión.
Llegaba cada mañana a las once. Las dos lo sabían. Y un martes que llovía con fuerza, el cartel de cerrado apareció en la puerta y entendí que era por mí.
Tenía más de cincuenta años y llevaba meses sin sentirse deseada. Entonces llegó él: más joven, con esa mirada que no engañaba a ninguna mujer.
Entré al cuarto sin llamar y la encontré completamente desnuda. En lugar de salir, cerré la puerta. Lo que pasó después cambió todo.
Mi suegra nunca supo que el espejo que tanto agradeció era mi ventana privada hacia ella, cada noche que mi mujer dormía frente a la tele.