El becario me sacó a bailar y aún suena esa canción
A los treinta y nueve años había aprendido a medir el tiempo en canciones. La noche del becario sumó una nueva, y aún me devuelve a sus manos al primer acorde.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
A los treinta y nueve años había aprendido a medir el tiempo en canciones. La noche del becario sumó una nueva, y aún me devuelve a sus manos al primer acorde.
Crucé el pasillo a oscuras esperando darle un abrazo y terminé pegado a la rendija de su cuarto, viendo lo que dos mujeres maduras habían preparado.
Cuando cerró la puerta de su oficina con llave, entendí que las cajas de documentos eran solo una excusa que ninguno de los dos quería desmentir.
Nunca había visto a mi madre lanzar un golpe. Cuando entré a la cochera, la encontré en topless dándose puñetazos con mi tía y un muro que no debía caerse cayó.
Escuché sus gemidos la primera noche desde el otro lado de la pared. No podía saber que esa pareja mayor terminaría en mi cocina pidiendo mucho más.
Solo quedaba una habitación libre en aquel motel y mi tía dormía a mi lado. Esa noche, escuchando a través de la pared, dejé de mirarla como antes.
El domingo por la noche, solo y con ganas, decidí saltarme mi colección de fotos y dejarme llevar por el recuerdo de la mujer que más me excitó.
Me llamo Valentina. Tres meses de hormonas, una playa nudista y la mirada de mi madre me convirtieron, por fin, en quien siempre había sido.
Cuando entré en ese garaje sin avisar, encontré a dos mujeres con las manos vendadas, los pechos al aire y la rabia de años acumulada entre ellas.
El mensaje llegó la noche anterior: «Mañana serás mi profesora. Trae uniforme». Me quedé con el teléfono en la mano, sin poder dormir.
Llevaba semanas yendo al mismo gimnasio aburrida, hasta que el dueño apareció: cuarenta y pico, brazos marcados, con esa calma que intimida más que cualquier gesto.
Llevo años explicando en clase que el tabú no desaparece, solo se disfraza. Nunca lo entendí tan bien como esa noche en el motel.
Tenía quince años y no sabía lo que veía. Ahora, con veintidós, cada recuerdo de esas tardes cobra un significado completamente diferente.
Esa noche entré en el salón con el corazón acelerado. Sabía lo que quería y sabía que él también lo quería. Solo faltaba dar el primer paso.
Cuando esa canción sonó por la radio, tuve que parar el coche. Mi cuerpo recordaba lo que mi cabeza intentaba olvidar: una noche y un hombre demasiado joven.
Se agachó detrás del contenedor en el callejón y lo que vio al otro lado de la cortina lo dejó sin palabras. La noche cordobesa guardaba secretos que no debía descubrir.
Ella era elegante, siempre impecable. Pero en esa pantalla vi otra versión de la madre de mi novio que jamás habría imaginado.
Tenía treinta años más que yo y la espiaba cada mañana cuando tendía la ropa. Sin imaginar que ella sabía exactamente lo que me hacía sentir.
Era mayor que mi padre, tenía las manos de alguien acostumbrado a obtener lo que quería, y me miraba como si supiera exactamente lo que yo estaba pensando.
Andrés me decía que el vecino nos miraba demasiado. Tenía razón. Pero esa tarde de agosto, cuando sonó el timbre y fui a abrir, me alegré de que él no estuviera.