Lo que hice con aquel grupo en el crucero
Subí al barco en Colonia con la excusa del descanso. Lo que encontré en aquel grupo fue algo que no había sabido pedir antes.
Subí al barco en Colonia con la excusa del descanso. Lo que encontré en aquel grupo fue algo que no había sabido pedir antes.
Cuando atendí el teléfono y escuché su voz supe que el viernes terminaríamos en una habitación con las cortinas cerradas y sus medias azules en el suelo.
Cuando el masajista se desnudó a mi espalda y los dedos de ella se cerraron sobre la erección de mi marido, supe que aquel aniversario no tendría retorno.
Solo necesitaba desconectar del estrés. Cuando los dedos de Daniela bajaron por su espalda, Romina supo que ese masaje iba a cambiarlo todo entre ellas.
Cuando los masajistas entraron en la sala y cerraron la puerta, entendí que Sergio había comprado algo más que un masaje para nuestro aniversario.
Marco aún tenía el café en la mano cuando ella lo miró a los ojos y dijo que necesitaba dos hombres a la vez. Ninguno esperaba que esa mañana cambiara las reglas del juego.
Sabía que entre don Rodrigo y yo nunca podría pasar nada. Pero encontré la manera de hacerlo real, aunque fuera una sola vez, aunque nadie más lo supiera.
Se despertó con la mano de Sofía guiándole hacia su sexo. Para cuando llegaron al café, ya habían agotado la cama y la ducha. Lo que ella propuso después era otra historia.
Cuando vi su nombre en la pantalla, supe que no iba a rechazar esa llamada. Ya sabía de lo que era capaz de hacerme sentir, y quería repetirlo.
Cuando vi al masajista entrar desnudo a la sala de aceites, supe que aquello no era un regalo de aniversario normal. Y tenía razón.
Doce personas que nunca se habían visto, una casa con piscina en el campo y dos noches sin ropa. Yo lo monté todo. Nadie se fue decepcionado.
Sonó el teléfono mientras etiquetaba mercancía nueva. Era ella, otra vez, con la voz baja de quien no quiere que la escuchen del otro lado de la pared.