La masajista que cambió lo que yo creía sentir
La sala olía a aceite de coco. Su masajista de siempre no había podido venir. La sustituta era Elena, y algo en su manera de mirar me hizo notar que ese masaje no iba a ser como los demás.
La sala olía a aceite de coco. Su masajista de siempre no había podido venir. La sustituta era Elena, y algo en su manera de mirar me hizo notar que ese masaje no iba a ser como los demás.
Pasamos de clienta y prostituto a algo que no tenía nombre. En esas vacaciones en la playa, ella rompió los tabúes que había cargado toda la vida.
La encargada del almacén nunca le dio ni media sonrisa. Esa noche la encontró sola en la parada, sin colectivos y sin escapatoria.
Fui a llevarle un encargo a mi suegra y terminé con las manos en algo que no era el tobillo. No puedo arrepentirme de nada.
Esa mañana pensé que estaba solo en casa. Crucé el pasillo desnudo y, al doblar la esquina, ahí estaba ella, con una mirada que no era de madre.
La pantalla del despacho parpadeó y mostró el cuarto de masajes del chalet de mis suegros. Mi cuñada y su prima, desnudas, esperaban algo más que un masaje.
Bajé la mirada al ver mi falda más corta de lo prudente. Crucé las piernas en el taburete y, antes de que llegara el cóctel, sentía dos pares de ojos clavados en mi escote.
Llegué buscando piel lisa y salí con las piernas temblando, oliendo a aceite tibio y a un hombre que no debía haberme tocado de ese modo.
Estábamos buscando el spa para la luna de miel cuando ella puso los pies en mi regazo y empezó a acariciarme sin decir una palabra.
Entré pidiendo una depilación. Salí con las piernas temblando y el cuerpo marcado por unas manos que conocían cada milímetro de mi piel mejor que yo misma.
La chimenea ardía, la lluvia golpeaba los cristales y los dos me miraban con esa mezcla de curiosidad y vértigo que aparece justo antes de cruzar una línea.
Mi mejor amiga llegó empapada esa noche, con los ojos rojos de tanto llorar. Lo que pasó después de la tercera botella de vino no estaba en mis planes.
Llevábamos treinta años juntos y yo siempre tuve esa fantasía. Nunca imaginé que ella terminaría desnuda frente a otro hombre diciéndome gracias con una sonrisa.
Cuando me pidió que me desnudara y subiera a la camilla, supe que aquello iba a romper algo entre nosotros que ya nunca podríamos volver a poner en su sitio.
Cuando giró sobre los tacones, el vestido se elevó apenas y dejó ver la línea exacta donde la media terminaba y empezaba la piel. Y entonces me pidió un masaje.
Elegí las zapatillas más cerradas, las medias más gruesas y planeé exactamente cómo sería su cara cuando las quitara en el hotel, después de horas de ciudad.
Esa noche, después del masaje, mi madre se mordió el labio, me miró fijo y me pidió que me acurrucara con ella. No hizo falta decir nada más.
Después del mejor sexo de mi vida, ella me sirvió café y me lanzó una fantasía que jamás imaginé. Yo solo asentía mientras pensaba en quién podría ser el otro.
Cuando él cerró la puerta y se acercó con el frasco de aceite tibio en la mano, supe que esa cita no se parecería a ninguna otra que hubiera tenido antes.
Antes de viajar le escribí un mensaje: esta noche mis pies son tuyos. Caminé diez kilómetros asegurándome de que lo estuvieran cuando entrara al hotel.