Le confesé en un cuento todo lo que me hizo esa tarde
Me había prometido un rapidito antes de seguir trabajando. Terminamos dos veces, con su sabor todavía en mi boca cuando bajé a la cocina por un café.
Me había prometido un rapidito antes de seguir trabajando. Terminamos dos veces, con su sabor todavía en mi boca cuando bajé a la cocina por un café.
Llevaba años tratando mentes ajenas sin poder acercarse a nadie. Hasta que la muñeca llegó, y con ella, la obsesión que lo consumiría.
Valeria me esperaba en la cocina con una camiseta que apenas la cubría y una sonrisa que ya no era la de mi hermanita. Yo intentaba no mirar. No pude.
Llevaba años buscando a alguien dispuesta a mirarme de verdad, no a través de una pantalla. Cuando Lucía dijo que sí, entendí que ese día no lo olvidaría.
La primera noche ya lo oyó todo a través de la pared. Cuatro días después cenaban juntos. Lo que pasó después nadie lo había planeado.
Marco creía que iban al cine. No sabía que ella había planeado cada detalle desde semanas antes, incluyendo en qué bolsillo llevaba la llave.
Cuando me incliné a propósito y vi cómo me devoraba con la mirada, supe que esa noche, sola en mi habitación, no podría dormir sin terminar lo que él había empezado.
Cuando vi la foto de su barriga redonda en el chat, debería haber roto el teléfono. En vez de eso abrí el cajón, saqué el vibrador y empecé a imaginar.
Cuando ella encendió la cámara, ya estaba acostada en la cama, esperándome con una sonrisa que no era inocente. Y supe que ese sábado no iba a dormir solo.
Le había pedido el vestido azul y nada debajo. Cuando subió al coche y cruzó las piernas, supe que esa noche iba a obedecer todo lo que se me ocurriera.
La primera vez que la sorprendí observándome, dejé la cortina entreabierta a propósito. Quería saber hasta dónde estaba dispuesta a llegar la chica del balcón de enfrente.
Creí que podría hacerlo sin sentir nada. Pero mi cuerpo llevaba demasiados años dormido como para obedecerme aquella noche en la suite.
Hace tres años acepté la solicitud de un desconocido que escribe poesía erótica. Desde entonces, cada noche, leo sus palabras a oscuras y no le he escrito nunca.
Cuando le dieron al play al DVD equivocado no imaginé que acabaría cabalgando a mi novio con sus tres compañeros de piso a menos de un metro, pajeándose.
Estaba agachado en la oscuridad del callejón cuando la vi. Sandra, la mamá de Rodrigo, detrás de esa ventana que nunca debí mirar.
Mientras Natalia la hacía gemir, Lorena contó todo: el video de su marido, la venganza en el vestuario y la primera vez que probó el sexo lésbico.
Llevaba dos años sola con mi hijo cuando el banco me mandó la carta. El director tenía una propuesta. Yo acepté. Lo que no esperaba era lo que descubriría sobre mí misma.
Cuando rozó su mano con la mía al pasarme el vaso, no la retiró. Me miró por encima de las gafas, se mordió el labio y supe que llevábamos demasiado tiempo esperando.
Me incliné sobre su camilla y sentí su mirada recorriendo cada centímetro de mi uniforme. Algo que llevaba dormido mucho tiempo despertó de golpe.
Hace años que no tengo pareja. Decidí revisar viejos vídeos en lugar de scrollear. No esperaba que ella todavía me afectara tanto.