Su leche en mis pies y todo un día en Lisboa
Él me lo pidió en voz baja antes de que me pusiera los zapatos. Junté las plantas de mis pies y lo miré. Lo que vino después duró todo el día.
Él me lo pidió en voz baja antes de que me pusiera los zapatos. Junté las plantas de mis pies y lo miré. Lo que vino después duró todo el día.
Llevaba semanas escribiendo fantasías para desconocidos. Esa noche quise ser yo la protagonista del relato que él no podía dejar de leer.
Pusimos música bajita, apagamos las luces y nos prometimos que lo que se dijera esa noche no saldría de ahí. La promesa más difícil de cumplir.
Las siete de la mañana, el marido aún dormido, y ya siento ese calor que se instala entre las piernas sin pedir permiso. Otro día igual. O peor.
Cruzar las piernas en el momento justo fue todo lo que necesité para que dejara de fingir que no me miraba. Lo demás fue cuestión de tiempo.
Cuando bajé al arroyo a aliviarme, no pensé que la luna y las luciérnagas serían los únicos testigos. Hasta que al amanecer descubrí que no eran los únicos.
Olía a tabaco y a campo. No era guapo, pero desde que lo vi por primera vez, algo en mí dejó de funcionar con normalidad.
Cuando escuché los gemidos mezclados con el sonido del agua, debí haberme dado la vuelta. En cambio, me agaché entre los arbustos y me acerqué.
Sabía que esa noche iba a ir demasiado lejos. Lo sentí desde el principio, y aun así no pude parar hasta ver hasta dónde llegaba mi propio cuerpo.
El juguete vibraba dentro de Clara mientras bailaba con desconocidos. Andrés la controlaba desde su mesa. Nadie en el bar sabía nada.
Tenía su miembro palpitando frente a mí mientras le relataba todo. Y cuanto más detallada era, más se acercaba a un límite que ninguno de los dos quería cruzar.
Encendí la vela, susurré sus palabras y al despertar no estaba en mi habitación. Estaba de pie, con tacones, y un peso suave y cálido subiendo y bajando en mi pecho.
Me miré al espejo y la cara que vi no era la mía. Era la suya. Y dentro de ese cuerpo ajeno, algo empezó a despertar que no debería haber despertado.
Empezó como un capricho mientras él jugaba con sus amigos. Terminó conmigo arrodillada bajo el escritorio y él silenciando el micrófono justo a tiempo.
Bajé a la cocina a medianoche sin imaginar que él seguía despierto. Estaba en el jardín fumando, con ese aire que no se aprende. Me miró y no hice nada por marcharme.
Cuando abrió la caja equivocada, supo que era un error. Pero cuando ella entró al consultorio, pequeña y asustada, la muñeca y la mujer se volvieron lo mismo.
Cuatro colegas, una piscina, una noche entera. El mejor inicio de vacaciones que pude imaginar.
Detrás de aquellas cajas pensé que nadie podría verme. La cámara roja del techo y los pasos en la puerta me decían otra cosa.
Cada mañana la miraba tender la ropa desde mi balcón, con sus curvas y su calma de mujer que no necesita disculparse por nada. Esa mañana fue diferente.
Llevaba meses mirando el rincón oscuro de su dormitorio. La muñeca equivocada que le mandaron era lo más parecido a una compañía que había tenido en años.