La travesti que mi jefe guardaba para él solo
La peluca, el vestido y los tacones estaban en el cajón de mi escritorio. Mi jefe lo sabía desde hacía meses. Y eso cambiaba todo lo que pasaba entre nosotros.
La peluca, el vestido y los tacones estaban en el cajón de mi escritorio. Mi jefe lo sabía desde hacía meses. Y eso cambiaba todo lo que pasaba entre nosotros.
A las tres en punto, sentada en la barra de la cocina con encaje negro y una taza de té, sabía perfectamente con qué versión de mi marido iba a encontrarme.
Le mandé un mensaje a mediodía y volví a las nueve, marcada como un trofeo. Mateo me esperaba arrodillado sin saber lo que iba a oler.
Le tendí el portátil a mi marido con la carpeta abierta. Veintitantos correos de hombres que jamás imaginaron que su directora les enviaría algo así.
Subió tres pisos hasta una puerta sin cartel pensando que sabía qué venía a hacer. Lo que descubrió en esa sala no estaba en ningún anuncio.
Llevaba dos años esperando una llamada suya. Cuando por fin la recibí, supe que iba a obedecer cualquier cosa que me pidiera, por absurda o degradante que fuera.
Cuando él me dijo que invitara al director, supe lo que iba a pasar. Lo que no sabía era cuánto iba a gozar mientras mi marido nos miraba desde el sofá.
Cuando me agarró de la muñeca y me arrastró al baño del bar, supe que esa señora de la oficina ya no volvería a ser solo mi jefa el lunes por la mañana.
Me dijeron que era la jefa más amargada de la empresa, una viuda que detestaba a los hombres. Lo que no sabían es que yo no acepto un no cuando huele a desafío.
Mi exnovia me esperaba en ese retiro y conocía exactamente el secreto que yo más temía. Solo necesitaba la persona indicada para destaparlo delante de todos.
Los tacones me mataban cuando Andrés se inclinó sobre el mostrador y susurró que la sala de juntas estaría libre toda la noche.
Todos en la oficina se burlaban de ella por su apodo, pero yo no podía dejar de mirarla. Algo en su forma de moverse me había atrapado de un modo que aún no entendía.
Cuando entré a la oficina del director aquella tarde, supe que la pregunta no era si aceptaría su trato. Era cuánto estaba dispuesta a entregar por una corona que ya no me importaba.
En la puerta de su casa se le cayó la cartera. En lugar de la llave, salió rodando un puñado de condones. Don Ricardo y yo nos miramos. La noche apenas empezaba.
Me había vestido para él en el baño del piso doce: peluca rubia, tacones imposibles y un corsé que apretaba todo lo que llevaba años escondiendo bajo la camisa.
Lo humillé delante de toda la oficina por una mancha. A las ocho bajé las cortinas para pedirle perdón a solas, y se me fue de las manos.
Aquella tarde de viernes, con la segunda copa de vino en la mano, Valeria me miró diferente y empezó a contarme lo que hacía los fines de semana.
Siempre había ignorado sus miradas y sus comentarios. Hasta que abrí por error la conversación con su mujer y leí, palabra por palabra, todo lo que pensaba de mí.
Nunca imaginé que mi compañero guardara los mismos secretos que yo. Lo descubrimos esa noche, con el bar casi vacío y demasiado vino en las copas.
Llevábamos cinco años compartiendo despacho. Esa noche, con la tercera copa de vino, Andrés dejó escapar una frase que lo cambió todo entre nosotros.