Cómo me vengué del padre de mi mejor amiga
Me tomó por sorpresa la primera vez. La segunda, le tendí yo la trampa. Y la tercera fue en su propio despacho, con su familia en la habitación de al lado.
Me tomó por sorpresa la primera vez. La segunda, le tendí yo la trampa. Y la tercera fue en su propio despacho, con su familia en la habitación de al lado.
Llevaba años con ese cajón cerrado con llave. Esa mañana lo encontré abierto, y dentro había un disco negro con el nombre de Sofía escrito en rotulador.
Limpiaba los despachos del pasillo cuando la encontré sola, con el escote abierto y el cuello tenso. Le ofrecí un masaje. Ninguna de las dos pensaba que llegaríamos tan lejos.
Cuando puso la mano en mi pierna y notó que algo había pasado, no dijo nada. Solo arrancó y guardó silencio. Ese silencio fue lo más excitante que sentí en años.
Llevaba meses con esta doble vida, y esa semana era solo mía. Hasta que la puerta del club se abrió y vi entrar al último hombre que debía verme.
Instaló el escritorio enfrente a propósito, para poder mirarla sin excusa. Cuando el despacho quedó vacío, ninguno de los dos fingió que solo era trabajo.
Cuando apuntó la cámara por primera vez, se dijo que era la última. Seis semanas después, aún seguía grabando. Y Laura seguía sonriendo desde el otro lado del objetivo.
En cuanto los últimos compañeros se fueron, ella subió al piso de arriba. Se quitó la falda primero. Luego la camisa. Luego todo lo demás.
Llevaba semanas mirándolo cruzar el pasillo. Esa tarde me llamó a su despacho, y algo dentro de mí supo que algo iba a cambiar.
Traje vino a su habitación a las once de la noche con la excusa de que no tenía sueño. Los dos sabíamos que era una mentira, pero ninguno la dijo en voz alta.
Cuando Rafael ordenó que me quitara la blusa, los otros dos hombres en la sala no se movieron. Nadie protestó. Nadie apartó la mirada. Eso era lo que él quería que supiera.
Habíamos planeado el sábado, pero ella llamó el viernes: ven hoy, estoy ansiosa. Cuando abrió la puerta, ya no pude seguir fingiendo que esto no era serio.
La tenía desnuda en mi cama cuando decidí contarle todo: mis clientes, mis noches, mi doble vida. Necesitaba ser honesta antes de pedirle lo que iba a pedirle.
La ducha llevaba minutos lista, pero el espejo me tenía atrapada. Semidesnuda, con el corazón acelerado, supe que esa noche no iba a necesitar a nadie más.
Cuando la tijera terminó su trabajo, el espejo le devolvió una mirada que no era del todo suya. Y la voz que escuchó en ese salón no lo dejó en paz.
La puerta de su despacho estaba entornada. Lo que vi al asomarme no me generó celos. Me generó ganas de algo que no esperaba.
Llevaba meses cazándome con la mirada en cada cena familiar. Esa tarde de tormenta entró a mi oficina y entendí que ya no podíamos seguir fingiendo.
Le había pedido a mi padre una sola cosa: que se quedara sentado y mirara. No imaginé que él tampoco podría dejar de mirarme cuando el cliente entrara.
La llamaban con un apodo grosero a sus espaldas. Lo que nadie sabía era que yo, desde mi cubículo, contaba los minutos para verla pasar otra vez.
Cuando la cámara se conectó esa tarde, Camila estaba sentada en su despacho con una falda muy corta y un secreto que no debía caber en aquella oficina.