El día que fui a la oficina sin ropa interior
Me puse los pantalones más ajustados que tenía y no usé nada debajo. Lo que vino después fue un secreto que solo yo conocía mientras trabajaba.
Me puse los pantalones más ajustados que tenía y no usé nada debajo. Lo que vino después fue un secreto que solo yo conocía mientras trabajaba.
Rodrigo me miraba el culo cada día en la oficina sin atreverse a nada. Hasta que leí lo que su esposa pensaba de mí y decidí que tenía razón.
Nos separaban casi quince años. Yo los sabía de memoria, él no parecía importarle. Esa noche en la cena de empresa, la música tomó el control antes que nosotros.
Cuando les dijo lo que estaba dispuesta a hacer, los tres mecánicos se miraron en silencio. Nadie la detuvo cuando se arrodilló en la oficina del fondo.
Llevaba semanas mirándole los brazos. La noche del concierto, entre cervezas y penumbras, decidí acercarme. Lo que pasó después cambió todas las reglas.
Cuando se bajó los tirantes del bañador, supe que la fiesta acababa de empezar. Y que esa botella de vino blanco no la habíamos abierto por casualidad.
Cuando él sacó la lupa y le pidió que se tumbara al sol, ella supo que aquella prueba no tenía nada de científica. Con Marcos, nada era lo que parecía.
Llevaba meses aguantando sus miradas en la oficina. El día que leí sus mensajes privados, tomé una decisión que su esposa nunca debió provocar.
Cuando gritó mi nombre en el parking para que todos la oyeran, supe que la semana entera de tensión en la oficina estaba a punto de explotar.
Cuando entré a su despacho a reclamar mi nota, él echó el cerrojo con una calma que me dejó sin palabras. Eso debería haberme hecho salir corriendo.
Cuando marcó la extensión de mantenimiento por segunda vez esa noche, ya sabía que no era para pedirle que limpiara nada.
Nada más salir del aparcamiento deslizó la mano dentro de sus pantalones. Yo conduje buscando el primer camino sin salida que encontrara.
Subí al taller con el sobre en la mochila, los anteojos negros y la pollera al viento. Esa mañana yo no sabía que iba a salir de ahí siendo otra.
Cuando llegó a la fiesta con ese vestido, supe que algo iba a pasar. Nadie imaginó que terminaríamos los cuatro en su apartamento enseñándole todo.
Cuando entré al camión a revisar los palés, él subió detrás de mí. Nadie más estaba en la nave. Y los dos sabíamos exactamente qué iba a pasar.
La pregunta que le hice un viernes por la noche en la cama fue solo el principio. El juego ya llevaba semanas en marcha y él no lo sabía.
Tenía veinte años, una falda demasiado corta y la certeza de que podía manejarlo. Al cerrar la puerta del despacho descubrí que el control nunca había sido mío.
Cuando me arrastró al baño con una mano en mi jersey, dejamos de ser jefa y empleado. Ya no había vuelta atrás.
Llevaba semanas evitándolos a todos. Los quería con las ganas bien acumuladas para ese fin de semana. Al salir del trabajo el viernes, lo tenía todo planeado.
Cuatro colegas, una piscina, una noche entera. El mejor inicio de vacaciones que pude imaginar.