Lo que Camila aprendió esa noche entre los cuatro
La noche en que Camila dijo que nunca había hecho nada de eso, todos sonreímos. Pocas horas después, era la que pedía más.
La noche en que Camila dijo que nunca había hecho nada de eso, todos sonreímos. Pocas horas después, era la que pedía más.
Me había sentado lo más lejos posible de ella en esa cena. Pero terminé con mi mano en su cintura y sus caderas apretadas contra las mías.
Llevábamos dos años sentados uno frente al otro sin saber que los dos guardábamos el mismo secreto: una vida paralela llena de deseos que nadie habría imaginado.
Tres compañeros de oficina la invitaron a quedarse después de las diez. No sabían que Camila tenía sus propias reglas para esa clase de noches.
Me advirtieron que era una amargada, que odiaba a los hombres. Lo que nadie dijo es que detrás de esa armadura llevaba años sin que nadie la tocase de verdad.
A los treinta y nueve años había aprendido a medir el tiempo en canciones. La noche del becario sumó una nueva, y aún me devuelve a sus manos al primer acorde.
Cuando cerró la puerta de su oficina con llave, entendí que las cajas de documentos eran solo una excusa que ninguno de los dos quería desmentir.
Valentina sonreía desde el primer momento como quien ya sabe cómo termina la historia. Marcos lo entendió cuando ella se bajó la ropa interior.
Cuando le dije que no podía concentrarme, ella rodeó mi escritorio, se plantó a mi lado y me soltó la frase que cambió todo entre nosotros.
Cuando gritó mi nombre delante de todos pidiéndome que la llevara a casa, supe que el domingo no terminaría con un simple adiós en el aparcamiento.
Cuando esa canción sonó por la radio, tuve que parar el coche. Mi cuerpo recordaba lo que mi cabeza intentaba olvidar: una noche y un hombre demasiado joven.
Cada excusa para cruzar la sala era una provocación calculada. Cada roce, una promesa de lo que haríamos cuando por fin estuviéramos a solas.
Su perfume todavía me perseguía cuando abrí la tarjeta en el taxi. Una dirección en Recoleta. La puerta va a estar sin llave, me había dicho.
Camila apenas había estado con alguien cuando la presenté con el jefe. Esa madrugada los cuatro descubrimos que la oficina nunca volvería a ser un sitio neutral.
El botón antipánico lo dejé sobre la almohada del catre. Las rejas me marcaban la espalda cuando su lengua bajó y yo supe que ya no era su abogada.
Cada viernes la llevaba a casa fingiendo que solo eran amigos. Ella lo sabía. Él también. Pero ninguno se atrevía a decirlo.
Nada más salir del parking deslizó su mano y cerró los ojos. Yo busqué un camino sin salida. Llevábamos toda una semana sin poder tocarnos.
Apenas salimos del aparcamiento, ella se desabrochó el botón del pantalón y susurró: busca un descampado, un callejón, lo que sea. No puedo llegar así a casa.
Llevaba meses deseándola en silencio, leyendo sus mensajes privados, siguiendo sus pasos. Cuando la cité en el hotel con una máscara, ella no supo que era yo.
Empecé sola en mi cuarto con el porno de siempre. Terminé escribiéndole a cinco desconocidos para que me dijeran qué pensaban de mí desnuda.