La hijastra de mi novia me espiaba esa madrugada
A las tres de la madrugada bajé al baño con su olor todavía en la piel, y al volver a la cama vi una rendija de luz en la puerta de enfrente. Nos miraban.
A las tres de la madrugada bajé al baño con su olor todavía en la piel, y al volver a la cama vi una rendija de luz en la puerta de enfrente. Nos miraban.
Pedí el taxi al salir de la última reunión. El conductor me miró por el espejo con esos ojos oscuros y supe que la noche aún no había terminado.
Cuando le confesé mi fantasía a las tres de la mañana, pensé que era solo charla de cama. Dos semanas más tarde, me estacionó frente a un motel sin avisar y todo cambió.
El plan era sencillo: piscina, barbacoa y un fin de semana sin obligaciones. Lo que no esperaba era lo que el sábado por la mañana revelaría sobre los dos.
Era la primera vez en años que decidí ir a por lo que quería sin pensar demasiado. Supe que iba a follármelo antes de que se girara hacia mí.
Cuando las luces del escenario la iluminaron, dejé de verla como mi amiga. Solo veía a la mujer que llevaba años deseando sin atreverme a decírselo.
Llevaba tres semanas con la jaula cuando Valeria anunció ante sus amigas que yo haría cualquier cosa que ella pidiera. No tenía idea de lo que vendría.
Cuando Roberto se pegó a Claudia en la pista de baile, entendí que esas vacaciones no iban a ser lo que habíamos imaginado.
Primero escuchamos sus gemidos desde el piso de arriba. Después ellos escucharon los nuestros. Ninguno de los cuatro se detuvo.
Se puso en cuatro patas entre sus macetas, me miró desde el suelo y me dijo: salta la barda. Llevaba una cola esponjosa que se movía con cada respiración.
Me arrodillé entre los arbustos, con las medias rotas y las rodillas en la tierra. Me pidió que ladrara. Y lo hice. Lo que eso me dijo de mí misma fue lo más revelador de la noche.
No tenía sueño. Él llegó por detrás, me besó el cuello y puso las manos donde yo no podía permitirme gemir. La puerta del cuarto seguía cerrada.
Cuando mi madre me llamó para decirme que estaría sola ese fin de semana, no imaginaba lo que tenía pensado para mí esa noche.
Cuando les dijo lo que estaba dispuesta a hacer, los tres mecánicos se miraron en silencio. Nadie la detuvo cuando se arrodilló en la oficina del fondo.
Rodrigo llegó con whisky y buenas intenciones. Valeria estaba en leggins y sin brasier. Antes de que terminara el primer tiempo, ya nadie pensaba en el fútbol.
Cuando Nicolás giró la cabeza y los vio, su cara lo dijo todo. Raquel dejó que la mirara un segundo más antes de levantarse y caminar hacia él.
Empujé la puerta sin tocar y la encontré recostada en pantalón corto. Olvidé las notas, olvidé la culpa, olvidé que era mi madre.
Me había probado la falda de cuadros y la camisa anudada al ombligo cien veces en mi cabeza. Esa tarde, con la casa vacía, por fin lo hice de verdad.
No había cometido ninguna falta, y él quería verla de rodillas con la bayeta en la mano. Ella lo haría, porque eso era lo que había elegido ser para él.
Era la primera vez que iba a la base de transporte a buscarlo. Lo que no sabía es que Rodrigo ya me estaba esperando con una sonrisa que no era inocente.